Enseñarás a volar...

Los hijos llegan a nuestra vida para enseñarnos una de las formas más grandes y profundas de amar. Desde que nacen, queremos protegerlos, cuidar cada paso y evitarles cualquier dolor. Pero llega un momento en el que tenemos que enseñarles a volar por sí mismos.
Les damos raíces para que sepan de dónde vienen, pero también alas para que puedan ir hacia donde quieran. Les enseñamos a tomar sus propias decisiones, a equivocarse, a levantarse y a construir su propio camino. Y aunque sabemos que deben hacerlo solos, el corazón de un padre o una madre nunca aprende del todo a dejar de preocuparse.
Porque aunque ya sean independientes, seguimos pensando en ellos. Nos preguntamos si estarán bien, si serán felices, si alguien los cuidará cuando nosotros no estemos cerca. A veces basta una llamada, un mensaje o simplemente saber que están bien para sentir esa tranquilidad que tanto necesitamos.
Y es curioso… cuanto más lejos vuelan, más comprendemos que nuestro amor no necesita tenerlos cerca para existir. Seguimos queriéndolos con la misma intensidad, aunque de una manera diferente: estando cuando nos necesitan, respetando sus decisiones y acompañándolos sin invadir su camino.
Eso es ser padres: enseñarles a volar, aunque por dentro deseemos seguir protegiéndolos para siempre.
Porque los hijos crecen, se independizan y hacen su propia vida, pero hay un amor que no se independiza nunca. Un amor profundo, silencioso e infinito, que permanece ahí, acompañándolos desde la distancia.
Y pase lo que pase, siempre habrá una parte de nosotros mirando al cielo, siguiendo su vuelo y deseando, con toda el alma, que sean felices.





















Comentarios