El Monasterio de Veruela: el primer monasterio cisterciense de Aragón. Ocho siglos de historia a los pies del Moncayo
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El Monasterio de Veruela, situado en un pequeño valle de la Sierra del Moncayo, junto a la localidad zaragozana de Vera de Moncayo, en el límite con Castilla y próximo a Navarra, fue fundado en 1145 y constituye el primer monasterio cisterciense establecido en Aragón. Su creación se enmarca en el proceso de consolidación de los territorios cristianos tras la Reconquista, cuando la nobleza y la monarquía promovieron la implantación de la Orden del Císter con el propósito de impulsar la repoblación, favorecer el desarrollo agrícola y fortalecer la vida religiosa en los nuevos territorios incorporados.
Un diploma conservado en el Libro de Privilegios de Veruela —códice en el que, a finales del siglo XIII, se recopilaron y transcribieron los documentos más relevantes del archivo monástico— señala que el monasterio fue fundado en 1146 por monjes procedentes de la abadía francesa de Scala Dei, en unos terrenos (Veruela y Maderuela) donados por Pedro de Atarés, señor de Borja. Esta donación sería posteriormente confirmada por Ramón Berenguer IV. No obstante, las investigaciones más recientes sitúan la fundación en el año 1145.
Por su parte, el cronista Jerónimo Zurita afirma que el traslado definitivo de la comunidad monástica tuvo lugar el 10 de agosto de 1171, lo que permite suponer que, para entonces, el cenobio ya disponía de las dependencias esenciales para el desarrollo de la vida en comunidad.
El monasterio se estableció en un enclave aislado, rico en recursos naturales y con abundante disponibilidad de agua gracias al río Huecha, unas condiciones idóneas para el desarrollo del modelo de vida cisterciense, basado en el trabajo, la oración y la autosuficiencia. Los monjes de Veruela fueron conocidos como los «monjes roturadores» debido a su decisiva contribución al desarrollo agrícola y económico de la comarca. Impulsaron la repoblación de áreas escasamente habitadas mediante la roturación y puesta en cultivo de tierras baldías y destacaron por su dominio de las técnicas de aprovechamiento hidráulico. En torno a la cuenca del Huecha organizaron una extensa red de acequias, presas y molinos que permitió optimizar el uso del agua y favorecer el crecimiento de la actividad agrícola.
Durante los siglos XII, XIII y XIV el monasterio vivió una etapa de gran prosperidad. Gracias a numerosas donaciones de reyes, nobles (en especial la Casa de Luna, con la figura de María de Luna, esposa de Martín I el Humano) y particulares, llegando a poseer extensas tierras (Veruela, Maderuela, Monfort, Figüeruelas, Alcalá de Moncayo, Vera, Pozuelo, Purujosa, Bulbuente, Litaago, Maleján y Ainzón), y a ejercer una notable influencia económica y social en la comarca. En ese periodo se levantaron sus principales edificios, entre ellos la iglesia abacial, la sala capitular y las dependencias monásticas, siguiendo los principios de sobriedad y funcionalidad característicos de la arquitectura cisterciense.

A lo largo de la Edad Media y la Edad Moderna, el Monasterio de Veruela alternó periodos de esplendor con etapas de crisis. Uno de los episodios más difíciles fue la Guerra de los Dos Pedros (siglo XIV), durante la cual las tropas castellanas ocuparon el monasterio y destruyeron el antiguo claustro románico. Tras el conflicto, este fue reconstruido en estilo gótico gracias, en gran parte, al patrocinio de la familia Luna. Pese a las dificultades económicas que atravesó en distintos momentos de su historia, Veruela continuó siendo un importante centro religioso y cultural.
Durante los siglos XVI y XVII el monasterio experimentó una profunda transformación: se renovaron las bóvedas del dormitorio y del refectorio, se añadió un segundo piso renacentista al claustro gótico y se construyó el palacio abacial. Más tarde, en el siglo XVII, se levantó la nueva sacristía y se ampliaron las dependencias monásticas con la construcción de un nuevo claustro barroco alrededor del cual se distribuyeron sesenta y cinco celdas individuales para los monjes.

La vida monástica se interrumpió en 1835 con la Desamortización de Mendizábal, que provocó la expulsión de los monjes y el abandono del monasterio. Sin embargo, a diferencia de otros cenobios medievales españoles, el monasterio de Veruela logró conservarse en buen estado gracias a la creación de una Junta de Conservación, integrada por vecinos de Tarazona y Borja. Esta institución impulsó la apertura de una hospedería que fue frecuentada por la alta burguesía aragonesa y por destacados personajes de la época. Entre ellos se encontraba el poeta Gustavo Adolfo Bécquer, quien residió en el monasterio entre 1863 y 1864 junto a su hermano, el pintor Valeriano Bécquer. Durante su estancia escribió las célebres Cartas desde mi celda, inspiradas por el paisaje del Moncayo y por la atmósfera del monasterio.
Frente a la entrada principal del monasterio, al otro lado de la carretera, se alza una cruz renacentista realizada en mármol negro de Tramoz durante el abaciado de Carlos Cerdán Gurrea (1561-1586). Sobre la pilastra acanalada que la sostiene pueden contemplarse, en dos de sus caras, las armas del abad. Popularmente se la conoce como la Cruz de Bécquer, ya que, según la tradición, el poeta solía frecuentar este lugar. Con el paso del tiempo, la cruz se ha convertido en un espacio de evocación literaria que recuerda el estrecho vínculo entre Bécquer y el Moncayo, uno de los paisajes que más inspiraron su obra.

Tras diferentes usos y ocupaciones, especialmente por parte de la Compañía de Jesús, el monasterio fue objeto de diversas campañas de restauración a lo largo del siglo XX. Desde 1998 es propiedad de la Diputación Provincial de Zaragoza, que ha impulsado su conservación y difusión. En la actualidad, el Monasterio de Veruela es uno de los conjuntos monásticos mejor conservados de España y uno de los principales referentes históricos, artísticos y culturales de Aragón. Abierto al público, alberga exposiciones, actividades culturales y visitas guiadas que permiten descubrir su extraordinario patrimonio y comprender la importancia que tuvo a lo largo de la historia.
El acceso al monasterio sorprende por su marcado carácter defensivo. Antes de llegar al recinto monástico, el visitante se encuentra con una sólida muralla de planta hexagonal, de aproximadamente un kilómetro de perímetro, reforzada por once torreones cilíndricos, rematados con merlones esbeltos con terminación puntiaguda, que rodean todo el conjunto. Más que un monasterio, la imagen recuerda a una pequeña ciudad fortificada medieval. Estas defensas se levantaron para proteger a la comunidad religiosa y sus bienes en una época marcada por la inestabilidad y los conflictos.
La entrada se realiza a través de un arco abierto en la muralla, rematada por almenas y flanqueada por dos grandes cubos en forma de U, a los que hay que sumar una barbacana con dos pequeños cubos que defendían la entrada. A ambos lados del arco se conservan dos escudos heráldicos: uno corresponde al abad Hernando de Aragón y el otro al abad Lope Marco, dos de las figuras que más contribuyeron al desarrollo y embellecimiento del monasterio.

La Torre del Homenaje es uno de los elementos más emblemáticos del recinto fortificado del Monasterio de Veruela. Su aspecto robusto y sobrio refleja el carácter defensivo que tuvo el monasterio durante la Edad Media, cuando, además de centro religioso, desempeñaba un importante papel en la protección del territorio. Elevándose por encima de las murallas, la torre simbolizaba la autoridad de la comunidad monástica y reforzaba la imagen de Veruela como una auténtica fortaleza.
La torre, tiene planta cuadrangular (7 x 6,5 m), siendo su paso abovedado de cañón. Fue construida en el siglo XIII durante el abadiado de fray Pedro Garcés. En el siglo XVI experimentó importantes reformas: en 1544 se añadió un cuerpo octogonal y, en 1559, una cubierta piramidal que le otorgó su aspecto actual. En su base se abren dos accesos diferenciados: un gran vano destinado al paso de carros y caballerías y otro, de menores dimensiones, reservado al tránsito de personas. Asimismo, en la torre pueden contemplarse los escudos de los abades Hernando de Aragón y Lope Marco, impulsores de algunas de las principales obras de ampliación y embellecimiento del monasterio.

La Torre del Homenaje presenta una estructura sólida y compacta, construida principalmente con piedra de sillería y mampostería para garantizar su resistencia. Tiene planta cuadrangular y se eleva varios niveles sobre el resto de las edificaciones cercanas, lo que permitía controlar visualmente los accesos y el territorio circundante. Sus muros son gruesos y cuentan con escasas aberturas en los niveles inferiores, una característica propia de las construcciones defensivas medievales.
En su interior, la torre estaba distribuida en diferentes pisos comunicados mediante escaleras. En ella se situaba la estancia para el portero y también se conserva una pequeña capilla dedicada a san Bartolomé, con interesantes pinturas góticas. La parte alta estaba rematada por almenas o elementos defensivos desde los que se podía observar el entorno y reforzar la seguridad del recinto. Su diseño combina funcionalidad militar y simbolismo, convirtiéndola en uno de los elementos más destacados del conjunto fortificado de Veruela.

En la parte interior de la Torre del Homenaje se encuentra el acceso que conduce al interior del recinto monástico. Tras atravesar la zona fortificada, el carácter militar del conjunto deja paso a un espacio más tranquilo y espiritual. Desde este punto se accede al patio de entrada y a las distintas dependencias del monasterio, estableciendo una transición entre la función defensiva de las murallas y la vida religiosa desarrollada en su interior.
La parte alta de la torre del homenaje (1559), presenta un remate almenado que le confiere un marcado aire defensivo, reforzado por los torreones ultrasemicirculares situados en los ángulos y en los lados largos del hexágono. La parte inferior data de 1268-1292.
A la izquierda de la fotografía, se encuentra el Museo del Vino, dedicado a la denominación de Origen Campo de Borja.

Tras cruzar la Torre del Homenaje se extiende un agradable paseo arbolado que conduce hacia el corazón del Monasterio de Veruela. Este camino crea una transición entre el ambiente defensivo de la entrada y la serenidad del recinto monástico. La sombra de los árboles y la tranquilidad del entorno ofrecen al visitante una primera impresión de calma y recogimiento, anticipando el carácter espiritual y contemplativo que define al monasterio.

El primer abad de Veruela fue el francés fray Raimundo Ramón, al que siguieron una serie de abades que ocuparon el cargo de forma vitalicia hasta el siglo XVII, a partir de entonces el puesto era ocupado durante cuatro años.
La casa abacial fue erigida durante el abaciado de Carlos Cerdán Gurrea (1561-1586), se encuentra en la parte derecha del paseo arbolado. El edificio destaca por su imponente mole y sobriedad exterior, realizado con ladrillo cara vista, se decora con azulejos. En el edificio residía el abad, así como también en él se ubicaba la botica y el padre cillero, encargado de los almacenes.

El patio del palacio abacial está sostenido por cuatro columnas de mármol negro de Trasmoz, y cuenta con una escalera monumental cubierta con una compleja bóveda de crucería estrellada. Actualmente está en proceso de restauración, lo que limita en parte su acceso y contemplación.

La iglesia abacial se orienta en dirección este-oeste, estando el claustro adosado a ella. La fachada exterior de la iglesia del Monasterio de Veruela presenta un aspecto sobrio y equilibrado, fiel al estilo cisterciense, que evita la ornamentación excesiva y apuesta por la sencillez de las formas. Construida en piedra, a finales del siglo XII, y consagrada el 18 de diciembre de 1248 por el obispo de Calahorra, Acenario, transmite una sensación de solidez y armonía que encaja con la espiritualidad del conjunto.
Formada por una gran portada, sobre la que se abre un gran óculo que ilumina la nave mayor, bajo el cual hay una serie de treinta y dos arquillos sobre columnillas que configuran un conjunto decorativo original. Las naves laterales solo se acusan al exterior por medio de sendos óculos más pequeños.
En el lado norte se ubica la torre llamada de Santiago, está dividida en cuatro cuerpos, los dos inferiores de origen románico, mientras que los superiores son de ladrillo, fechados en los siglos XVI y XVII.

Se articula en torno a una gran puerta abocinada con cinco arquivoltas, decoradas con motivos florales, geométricos y de entrelazo, que apoyan en una imposta corrida decorada con ajedrezado jaqués, y que descansa sobre columnas adosadas, con capiteles decorados con motivos figurativos y vegetales.
En las claves de las arquivoltas encontramos dos crismones trinitarios.

Los capiteles muestran una bella decoración vegetal, antropomorfa y con animales fantásticos, coronados, como ya hemos comentado, por una imposta decorada con ajedrezados.
En el lado derecho, los capiteles están decorados casi en su totalidad con motivos vegetales, excepto el primero, en el que se representan figuras que parecen un león, un águila y un grifo en actitud de lucha. Entre las cabezas de los animales sobresale una cabeza humana.

En el lado izquierdo también se observan capiteles con decoración vegetal, además de dos capiteles figurativos: uno con un grupo de cinco personas; y otro con dos aves enroscadas.

La iglesia abacial de Santa María de Veruela (de la que realizaremos un estudio aparte en otro post), constituye el edificio principal del monasterio y uno de los ejemplos más destacados de la arquitectura cisterciense en Aragón. Su construcción se inició poco después de la fundación del cenobio, a mediados del siglo XII, y se prolongó durante varias décadas, reflejando la transición entre el románico tardío y las nuevas formas del gótico. Los altares de la cabecera ya estaban consagrados entre 1168 y 1182, mientras que la consagración del altar mayor tuvo lugar en 1248, cuando el templo se encontraba prácticamente concluido.
La iglesia presenta una planta de cruz latina organizada en tres naves, la central de mayor altura, un amplio crucero y una cabecera excepcionalmente desarrollada. Las naves se dividen en seis tramos gracias a pilares cruciformes con semicolumnas con capiteles labrados y se cubren con bóvedas de crucería.

La cabecera se organiza en torno a una amplia capilla mayor, rodeada por una girola o deambulatorio que permite recorrer el espacio por detrás del altar principal. A esta girola se abren cinco capillas radiales o absidiolos, de planta semicircular, destinadas a la celebración de misas y devociones particulares. Esta disposición, poco frecuente en los monasterios cistercienses hispanos, dota al conjunto de una notable monumentalidad y convierte a Veruela en uno de los ejemplos más avanzados de la arquitectura de la Orden en la Península.
La capilla mayor presenta una estructura de gran elegancia. Hacia la girola se abre mediante una serie de arcos apuntados que favorecen la comunicación visual entre ambos espacios. Sobre ellos se dispone un nivel de ventanales que ilumina el presbiterio, mientras que las bóvedas de crucería culminan el alzado aportando verticalidad y ligereza al conjunto.

Desde el punto de vista arquitectónico, el edificio refleja la evolución de los gustos constructivos de la época. Conserva elementos propios de la tradición románica, como la solidez de sus volúmenes y algunos detalles decorativos, mientras que incorpora soluciones claramente góticas, visibles en los arcos apuntados y en las bóvedas de crucería que cubren las naves. Esta combinación convierte a Veruela en un magnífico testimonio del tránsito entre ambos estilos.
A lo largo de los siglos, la iglesia experimentó algunas transformaciones, aunque conservó en gran medida su estructura medieval. Entre los añadidos más destacados se encuentran la Sala de los Muertos, construida en el siglo XIV en el lado del Evangelio, la capilla de San Bernardo y la sacristía, en el lado de la Epístola, incorporaciones que enriquecieron el conjunto sin alterar la esencia del proyecto original.

Una vez finalizada la visita al templo, regresamos a la plaza de la iglesia. A la derecha de la portada principal del templo, bajo un arco dovelado de medio punto, se abre el acceso al recinto monástico, desde donde comienza el recorrido por las principales dependencias del monasterio, así como al Monasterio Nuevo (1617-1664), situado al este del claustro.

Tras cruzar el mencionado arco accedemos a un paseo que nos conduce, en el lado izquierdo, hasta la llamada Casa de Ejercicios, construida en 1949 por la Compañía de Jesús. Para su edificación fue necesario derribar casi por completo las antiguas dependencias destinadas a los conversos. El nuevo edificio, no obstante, presenta una fachada que se integra armoniosamente con la antigua portería del monasterio, respetando en buena medida el conjunto arquitectónico.

La entrada al edificio y al claustro viejo se realiza a través de una portada manierista que destaca por el acusado contraste entre la piedra de sillar clara de la entrada y el ladrillo rojizo del resto del edificio.
La composición se organiza en dos cuerpos verticales: el inferior presenta un robusto arco de medio punto, decorado con relieves geométricos, y flanqueado por columnas. El cuerpo superior, de cronología posterior y con elementos barrocos, alberga un ventanal con reja de forja bajo un frontón partido, sobre el que se dispone el escudo heráldico del abad Lope Marco (1539-1560).

La portería es una amplia estancia de planta rectangular destinada a la recepción de las personas que llegaban al monasterio. Desde este espacio se controlaba el acceso al recinto monástico y se regulaba la entrada de visitantes, peregrinos y trabajadores, garantizando el respeto a la clausura de la comunidad.
Al fondo, a la izquierda, se abre la puerta que comunica con la cilla, una gran sala destinada al almacenamiento y la administración de los productos agrícolas del monasterio. Al fondo de la estancia se encuentra también la entrada al Claustro Viejo, que constituye el principal núcleo de circulación y articulación de las dependencias monásticas.

La antigua cilla del monasterio, destinada originalmente al almacenamiento de provisiones, alberga hoy un espacio dedicado al poeta Gustavo Adolfo Bécquer, quien residió en Veruela y escribió allí sus famosas "Cartas desde mi celda", inspiradas por el entorno del Moncayo y la vida monástica. El Espacio Bécquer es una exposición permanente, un entorno de piedra que recrea fielmente la atmósfera del Romanticismo. El museo conmemora la estancia de los hermanos Gustavo Adolfo y Valeriano Bécquer en el recinto entre 1863 y 1864, sirviendo de homenaje a su legado artístico y literario.
La cilla, es una dependencia que ha sufrido importantes alteraciones estructurales a lo largo de los años. Se trata de una sala rectangular de dos naves separadas por arcos apuntados que apoyan sobre columnas cilíndricas de sencillos capiteles. La techumbre es de madera. En origen albergó el callejón de los conversos.

Siguiendo el recorrido de la visita al Monasterio de Veruela, al acceder al claustro por la panda suroeste se descubre uno de los espacios más bellos y representativos del conjunto monástico. La armonía de sus galerías, la luz que penetra en el recinto y la equilibrada proporción de sus formas crean una atmósfera de serenidad y recogimiento, fiel al ideal espiritual de la Orden del Císter.
Como en todos los monasterios cistercienses, el claustro constituye el corazón de la vida monástica. En torno a él se organizan las principales dependencias del monasterio y a través de sus galerías se articulaba la vida cotidiana de la comunidad. Además de servir como espacio de tránsito, era un lugar destinado a la lectura, la reflexión y la meditación, reflejando el equilibrio entre la vida espiritual y las necesidades prácticas de los monjes.

En la imagen vemos un tramo de la panda del claustro, se aprecia una elegante sucesión de arcos apuntados con tracerías caladas, formadas por óculos lobulados y motivos de cuadrifolios, que aportan ligereza y favorecen la entrada de luz al claustro.
Las bóvedas son de crucería, cuyos nervios descansan sobre un pilar fasciculado compuesto por varias columnillas adosadas. Los capiteles presentan una rica decoración vegetal naturalista, con hojas de acanto y otras especies esculpidas con gran detalle y profundidad, rasgo característico del denominado «huerto de piedra» de Veruela.
El conjunto destaca por la armonía entre la arquitectura y la ornamentación: la sobriedad estructural propia del Císter se combina con un refinado programa escultórico vegetal y con amplios ventanales que crean un espacio luminoso, abierto al jardín central del claustro y de gran belleza estética.

El claustro del Monasterio de Veruela es de planta cuadrada (33, 6 m x 4,40 ancho y 5,25 alto) y estilo gótico. Tiene dos alturas: la inferior fue construida en el siglo XIV para sustituir a la destruida durante la Guerra de los Pedros, mientras que la superior se añadió en el siglo XVI. En la fotografía, a la derecha en la parte superior del sobreclaustro, se vislumbra el dormitorio, realizado en ladrillo entre 1548-1549.
Alrededor del jardín central, que simboliza el paraíso y servía como espacio de contemplación para los monjes, se distribuyen las principales dependencias del monasterio. En la panda este se encuentran la sala capitular, la sala de los monjes y los dormitorios; en la sur, la cocina, el refectorio y el locutorio; en la oeste, la cilla o almacén; y en la norte era donde se ubicaban los conversos. Las galerías están cubiertas por bóvedas de crucería delimitadas por arcos fajones apuntados y se abren al jardín mediante arcos ojivales coronados por rosetones, creando uno de los espacios más bellos y armoniosos del monasterio.

Al exterior, mirando al jardín, se distribuyen los contrafuertes coronados por gárgolas y pináculos decorados con florones.
El claustro se abre al patio mediante arcos apuntados geminados apoyados en columnillas y parteluces, sobre un zócalo. Sobre cada pareja de arcos se dispone un óculo polilobulado, mientras que todo el conjunto queda enmarcado por un gran arco apuntado, creando una composición característica del gótico y aportando ligereza y elegancia a las galerías claustrales.
En la fotografía puede apreciarse el contraste estilístico entre el claustro gótico y el renacentista.

La separación entre el claustro bajo y el alto se realiza mediante una cornisa que recorre todo el perímetro del claustro y está decorada con sencillos florones. El claustro alto, construido en ladrillo entre 1548 y 1549, es de estilo renacentista y presenta decoración plateresca realizada en yeso. Su construcción fue impulsada por el abad Lope Marco, bajo cuyo mandato se levantaron tres de las cuatro galerías. La cuarta, correspondiente a la panda oeste, se completó posteriormente durante el abadiado de Pedro Sebastián (1587-1595).

Entre 1548 y 1552 se construyeron tres de sus pandas, durante el abaciado de Lope de Marco, cuyas armas pueden verse flanqueando las de su predecesor Hernando de Aragón, en los medallones que decoran loa antepechos centrales de la zona oriental. El tramo occidental, carente de decoración en las arquerías, lo ordeno erigir el abad Pedro Sebastián (1587-1595).
Cada panda del claustro alto se abre al exterior mediante trece arcos de medio punto apoyados sobre columnas de alabastro. La decoración plateresca se aprecia en los capiteles y los arcos, adornados con bolas, mientras que el intradós presenta cabecitas de angelotes y motivos florales. En las enjutas se alternan cabezas esculpidas de reyes, guerreros y abades con cabezas de ángeles, aportando riqueza ornamental y carácter renacentista al conjunto. Remata el conjunto un volado alero tallado.

Nos encontramos en la panda del refectorio, una de las galerías que articulan el claustro y organizan la vida cotidiana de la comunidad monástica. A lo largo de este lado se disponen algunas de las dependencias más importantes relacionadas con las necesidades materiales de los monjes, aunque siempre subordinadas a los principios de orden, austeridad y vida en común propios de la Orden del Císter.
Desde esta galería se accede a espacios fundamentales como el lavatorio, donde los monjes realizaban las abluciones antes de las comidas; el refectorio, destinado a la alimentación de la comunidad; y otras dependencias vinculadas al funcionamiento diario del monasterio. La panda constituye así un ámbito de transición entre el claustro, centro de la vida espiritual, y los espacios dedicados a las tareas y necesidades cotidianas de la comunidad.

La cocina era uno de los espacios esenciales para el funcionamiento cotidiano del monasterio. Situada junto al refectorio, permitía servir las comidas con rapidez y eficacia, facilitando la organización de la vida comunitaria. De hecho, ambas dependencias estaban comunicadas mediante pasaplatos abiertos en el muro, a través de los cuales se trasladaban los alimentos directamente al comedor de los monjes.
Aunque la vida cisterciense estaba marcada por la austeridad, la alimentación ocupaba un lugar importante dentro de la organización monástica. La cocina era el espacio donde se preparaban los alimentos obtenidos de las huertas, granjas y propiedades del monasterio, reflejando la estrecha relación entre el trabajo cotidiano y la vida espiritual de la comunidad.
La estancia que hoy contemplamos, de planta cuadrada, conserva el carácter funcional propio de la arquitectura cisterciense. Se iluminaba mediante vanos en arco de medio punto y óculos. La puerta adintelada que se abre en el muro, al lado del pasaplatos, no existía en origen.
Sus muros y bóvedas muestran las huellas de siglos de uso, recordando la intensa actividad que desarrolló este espacio durante la larga historia del monasterio.

En la estancia destaca la bóveda de crucería que cubre el espacio. Los siglos de uso han dejado una huella visible en ella: los plementos aparecen oscurecidos por el hollín acumulado a causa de los fuegos que durante generaciones ardieron en este lugar. Asimismo, pueden observarse los vanos abiertos para permitir la salida del humo y mejorar la ventilación de la estancia, una solución sencilla y eficaz que evidencia el carácter práctico de la arquitectura monástica.

Lavatorio
Estancia de planta hexagonal, abierta al claustro y ubicada enfrente del refectorio. Es de estilo gótico (siglo XIV). Era el lugar donde los monjes se lavaban las manos antes de las comidas, siguiendo la normativa de la vida cisterciense.

El lavatorio se comunica con el jardín del claustro por medio de grandes arcos apuntados. La fuente original no se conserva, siendo sustituida por la pequeña pila que hoy podemos contemplar.

La bóveda del lavatorio es una bóveda de crucería gótica, característica de la arquitectura del siglo XIV. Está formada por doce nervios de piedra que se cruzan y distribuyen el peso de la cubierta hacia las columnas y los arcos del templete. Gracias a este sistema, la construcción resulta ligera y elegante, a la vez que resistente.
En el centro de la bóveda se encuentra la clave, una pieza decorada con un relieve que representa a un caballero o guerrero rodeado por seis escudos con los palos de la Corona de Aragón. Este elemento no solo tiene una función estructural al unir los nervios de la bóveda, sino también un valor artístico y simbólico.

El exterior del lavatorio de Veruela destaca por su aspecto de pequeño templete gótico exento situado en el claustro, frente al refectorio. Tiene planta hexagonal y está abierto mediante arcos apuntados en cada uno de sus lados, sostenidos por esbeltas columnas. Su diseño ligero y elegante permite la entrada de luz desde todos los ángulos, creando una sensación de amplitud a pesar de sus reducidas dimensiones. La cubierta se eleva sobre estos arcos y remata una construcción que combina funcionalidad y belleza, convirtiéndola en uno de los elementos más característicos y ornamentales del monasterio.

La decoración exterior del lavatorio combina elementos góticos con detalles escultóricos. Destacan sus gárgolas de formas muy originales, que además de servir para evacuar el agua de lluvia tienen una función decorativa, y los capiteles esculpidos con cabezas humanas, que aportan variedad y riqueza artística al conjunto. Estos elementos contrastan con la sobriedad característica de la arquitectura cisterciense y convierten al lavatorio en una de las construcciones más singulares del Monasterio de Veruela.

Enfrente del lavatorio se encuentra la puerta que da acceso al refectorio, se trata de una sencilla portada adintelada. El comedor de los monjes es del siglo XIII, remodelado por el abad Lope Marco, bajo el patronazgo de don Hernando de Aragón en el siglo XVI (1548), en estilo gótico y renacentista.

El refectorio es una gran sala rectangular cuyo eje longitudinal se dispone perpendicularmente a la panda sur del claustro. Conserva sus originales muros de sillería y destaca por su magnífica bóveda estrellada, uno de los elementos más bellos de la estancia. Era el comedor de los monjes, donde las comidas se realizaban en silencio mientras se escuchaban lecturas religiosas. Además, existió un segundo refectorio destinado a los conversos, aunque lamentablemente no se ha conservado.

En los muros laterales y en los testeros se abren grandes ventanales que proporcionan abundante iluminación al espacio. En el lado derecho se conserva el púlpito, aunque bastante deteriorado, desde el que un monje leía textos religiosos y obras piadosas mientras la comunidad comía en silencio. Esta práctica formaba parte de la disciplina cisterciense, combinando la alimentación física con la formación espiritual.

Refectorio visto hacia los pies de la sala. Al fondo se puede vislumbrar el lavatorio, situado frente a la entrada del refectorio, donde los monjes se lavaban las manos antes de las comidas. Esta disposición refleja el recorrido habitual de la comunidad monástica y la importancia de las normas de higiene y disciplina en la vida cisterciense.

El refectorio se cubre con una bóveda de crucería estrellada tardogótica, construida en 1549 durante el abadiado de Lope Marco para sustituir la antigua techumbre de madera sustentada por arcos diafragma. En las claves de la bóveda aparecen los escudos de Lope Marco y de Hernando de Aragón, antiguo abad del monasterio, dejando constancia de los promotores de esta importante reforma del siglo XVI.

Entre el scriptorium y el refectorio, en la panda sur del claustro, se encuentra una zona, en donde se ubicaba el calefactorio, que fue remodelada para convertirse en palacio abacial, residencia de los abades hasta la construcción del nuevo edificio abacial, que hemos visto anteriormente.
En la portada de acceso destaca un tímpano decorado con las armas de los reyes de Aragón Martín I el Humano y María de Luna, hija del primer conde de Luna, fechado a finales del siglo XIV, que constituye uno de los elementos heráldicos más importantes del monasterio.

La intersección de la panda del refectorio (sur) y la panda capitular (este) corresponde a una de las esquinas del claustro más importantes para la vida monástica. Desde este punto se accedía a dependencias fundamentales como el refectorio, la sala capitular, el locutorio y las escaleras que conducían al dormitorio de los monjes. Arquitectónicamente destaca por la convergencia de las galerías cubiertas con bóvedas de crucería, cuyos nervios descansan sobre columnas y ménsulas, creando un espacio de gran armonía y riqueza constructiva.

Capitel con representación de una cabeza humana, situado en la panda capitular del claustro. Este elemento escultórico forma parte de la decoración gótica de las galerías y muestra el interés por la representación de figuras humanas en la ornamentación medieval. Junto con otros capiteles decorados, aporta variedad y riqueza artística a este sector del monasterio.

Se trata de un capitel vegetal. Presenta una cesta decorada con un denso relieve de hojas naturalistas de bordes lobulados y nervaduras marcadas, que se entrelazan creando una composición dinámica y profunda. El trabajo escultórico destaca por el juego de luces y sombras y el cuidado en el modelado de las formas vegetales. Este tipo de decoración es característico del gótico cisterciense, donde la ornamentación vegetal simboliza la naturaleza como reflejo del orden divino y constituye uno de los rasgos más representativos del llamado «huerto de piedra» del claustro de Veruela.

Al sur de la sala capitular se encuentra el locutorio, en donde el abad repartía a cada monje las tareas que debían realizar cada día. Era uno de los pocos lugares en el que los monjes podían hablar, ya que gran parte de la vida monástica transcurría en silencio. A partir del siglo XVII, se convirtió en paso para el nuevo monasterio. Es una estancia rectangular, muy sencilla, de sillería y abovedada. Se conserva su pavimento original.

La panda capitular es la galería este del claustro, llamada así porque en ella se encuentran las dependencias más importantes para la vida de la comunidad: la sala capitular, el locutorio, la escalera de acceso al dormitorio de los monjes y otras salas de trabajo. Arquitectónicamente destaca por sus bóvedas de crucería y por la riqueza de sus arquerías y capiteles. Era la zona destinada a la organización, el gobierno y la vida cotidiana de los monjes, por lo que constituía uno de los espacios más importantes del monasterio.
En la fotografía, vemos a la derecha el locutorio, en el centro la sala capitular, y al fondo la entrada de los monjes a la iglesia.

Situada en la galería este, se accede a través de un arco de medio punto flanqueado por dos vanos geminados. Los arcos con decoración de baquetones apoyan en columnas en grupo de a cuatro y capiteles con decoración vegetal. En los arcos aparece el típico ajedrezado jaqués.

La sala capitular presenta planta cuadrangular y en su interior, cuatro columnas centrales y ocho adosadas a los muros sustentan una bóveda de crucería de gruesos nervios, típica de la arquitectura protogótica. Al fondo de la sala se abren tres vanos abocinados de medio punto, cegados al hacer el llamado “monasterio nuevo” en el siglo XVII.
La escasa altura de la estancia se debe a que por encima se alza el dormitorio de los monjes (no pudimos visitarlo). El dormitorio es una gran sala rectangular cubierta por seis tramos de bóvedas de crucería estrellada, cuyos arcos y nervios descansan en ménsulas decoradas con cabezas humanas (la techumbre original debió de ser de madera). La plementería de la bóveda está decorada con motivos florales, realizados en el siglo XVII.

En el pavimento encontramos dieciocho laudas sepulcrales sin inscripciones, pertenecientes a abades verolenses con el báculo como distintivo. Fechadas entre los siglos XII y XV.
Durante la Edad Media el pavimento del capítulo se utilizó para colocar los restos mortales de los abades, hasta que a partir del siglo XVI se enterraron en la iglesia. En la sala capitular de Veruela se enterraron catorce abades, y como ya hemos comentado, estas laudas carecen de otro signo que un báculo.

En los lados cortos de la estancia se colocaron dos sepulcros bajo arcosolios que conservan su policromía original. En el lado norte se encuentra el de don Lope Ximénez de Luesia, señor de Agón (fallecido en 1284), quien fue un gran benefactor del monasterio y cuyo hermano era monje en Veruela.
Los indicios históricos apuntan a que este noble podría ser el mismo Don Lope que perteneció a la corte de Pedro II y que, posteriormente, acompañó a Jaime I en la conquista de Mallorca. Tras esta campaña recibió el señorío de Luesia, y a su muerte legó al monasterio sus posesiones en Bulbuente y Zaragoza.
Su sepulcro es una obra funeraria medieval de gran valor histórico y artístico. Realizado en piedra, presenta la figura yacente del caballero vestido con indumentaria militar. El noble aparece con la mano en el pecho sosteniendo su espada, con la cabeza custodiada por ángeles y los pies acompañados por leones. En el conjunto se puede leer la inscripción: “Aquí yace Don Lope Ximénez, señor de Agón, cuya alma haya gloria en compañía de todos los Santos”. La ubicación de este enterramiento en la sala capitular demuestra la relevancia del personaje y el estrecho vínculo entre la nobleza y los monasterios durante la Edad Media.

El sepulcro del abad Sancho Marcilla y Muñoz, se encuentra en el lado sur de la sala capitular, es una de las piezas funerarias más destacadas del conjunto. Sancho Marcilla fue cardenal de Aviñón y abad del monasterio en el siglo XIV y tuvo un papel importante en su desarrollo y administración, falleció en 1383 en Borja.
El sepulcro está realizado en piedra y presenta una rica decoración gótica. En él aparece representado el abad con los atributos propios de su cargo, reflejando su autoridad religiosa dentro de la comunidad monástica. Su ubicación en la sala capitular pone de manifiesto la relevancia que tuvo para el monasterio y el prestigio alcanzado durante su mandato.

Junto a la portada de los Monjes, que comunica el claustro con la iglesia, en la panda de la sala capitular se encuentran, adosados al muro, tres sarcófagos de piedra pertenecientes a los fundadores del monasterio. Estos ocupan el espacio donde antiguamente se situaba el armarium.
A la derecha se abre el arco de acceso a la sacristía. La antigua sacristía estaba situada entre el brazo meridional del crucero y la sala capitular. En la actualidad, este espacio sirve como vestíbulo de la sacristía nueva.

La portada de los monjes es la puerta que comunica el claustro con la iglesia y era utilizada exclusivamente por la comunidad monástica para acceder a los oficios religiosos. Se encuentra en la panda capitular, junto a la sala capitular, facilitando el paso directo desde las dependencias monásticas al templo.
Es una portada de estilo románico, formada por un arco de medio punto con varias arquivoltas apoyadas sobre columnas con capiteles decorados con motivos vegetales y figurativos.
Conserva vestigios de su antigua policromía (siglo XV), lo que demuestra que la portada estuvo decorada con colores en época medieval. En una de sus arquivoltas también puede leerse el comienzo del Salmo 51, «Miserere mei Deus secundum magnam misericordiam tuam» (“Ten piedad de mí, Dios, según tu gran misericordia”). Esta inscripción invitaba a los monjes a entrar en el templo con una actitud de recogimiento, humildad y arrepentimiento antes de participar en la oración.

La intersección entre la panda capitular y la panda del mandatum constituye uno de los puntos de unión de las galerías del claustro, en ella se aprecia la continuidad de las bóvedas de crucería, cuyos nervios convergen sobre columnas y ménsulas. La panda del mandatum recibe este nombre porque en ella se celebraba el rito del Mandatum, ceremonia del lavado de los pies que recordaba el gesto de humildad de Cristo hacia sus discípulos y que se realizaba especialmente el Jueves Santo.

Algunos capiteles de la panda del mandatum presentan una decoración escultórica basada en cabezas humanas talladas en piedra. Estas figuras muestran diferentes expresiones y rasgos, reflejando la habilidad de los canteros medievales. Aunque su significado no siempre es conocido, enriquecen la ornamentación del claustro y constituyen uno de los elementos decorativos más interesantes de esta galería.


La intersección entre la panda del mandatum y la panda de los conversos corresponde a otra de las esquinas del claustro. En este punto confluyen dos galerías cubiertas con bóvedas de crucería, cuyos nervios descansan también sobre columnas y ménsulas. Desde aquí se aprecia la continuidad de la arquitectura gótica del claustro y la distribución de los espacios destinados tanto a la comunidad de monjes como a los conversos, los hermanos legos encargados principalmente de las tareas manuales del monasterio.

En la panda de los conversos destaca un capitel con la figura de un atlas, un personaje masculino representado sosteniendo el peso de la estructura sobre sus hombros. Este motivo escultórico, inspirado en la tradición clásica, simboliza la fuerza y la función sustentante. Es uno de los capiteles figurativos más originales del claustro y demuestra la variedad decorativa presente en la escultura de Veruela, junto a los capiteles con motivos vegetales y cabezas humanas.

Este capitel de la panda de los conversos presenta una decoración figurada formada por dos cabezas contrapuestas: una cabeza zoomorfa, de largo hocico y dentadura visible, y un rostro humano masculino barbado, tocado con un turbante o capucha. La talla destaca por el detallado tratamiento de la barba y la expresividad de ambas figuras. Este tipo de capiteles, poco habituales en el Císter, introduce un motivo simbólico o moralizante y constituye una excepción a la predominante decoración vegetal del claustro de Veruela.

En los monasterios cistercienses es frecuente encontrar marcas de cantero, también conocidas como signos lapidarios. Se trata de símbolos grabados sobre los sillares durante su labra, relacionados con la organización del trabajo y el control de la producción en las obras medievales. En la imagen puede apreciarse una marca especialmente singular, tallada con la forma de una cabeza de ave.

Marca de cantero con forma de la letra A capital, grabada en uno de los sillares del monasterio. Cada maestro o grupo de canteros utilizaba un símbolo propio para identificar las piedras que había tallado.
Estas marcas facilitaban la organización de la obra, permitían controlar el trabajo realizado y servían para calcular la remuneración de cada artesano. Hoy constituyen un valioso testimonio del proceso constructivo y de la organización de los talleres medievales.

En el Monasterio de Veruela pueden observarse numerosas marcas de cantero en muros, columnas y otros elementos arquitectónicos, como ya hemos comentado. Suelen ser figuras geométricas sencillas, como cruces, flechas, estrellas, triángulos o letras. Aunque su función principal era práctica, hoy tienen un gran interés histórico porque permiten conocer mejor las técnicas constructivas y la organización de los talleres medievales.

Marca de cantero con forma de llave, grabada en uno de los sillares del monasterio. La forma de llave es uno de los numerosos signos geométricos conservados en Veruela y constituye un valioso testimonio de las técnicas constructivas, la organización del trabajo y el funcionamiento de los talleres medievales.

Nos despedimos de este extraordinario monasterio, cuyas piedras han sido testigo de siglos de historia, oración y trabajo. Tras recorrer sus claustros, salas y dependencias, queda la sensación de haber viajado al corazón de la vida monástica medieval, donde cada rincón guarda el recuerdo de quienes lo habitaron. Sin embargo, nuestra visita aún no ha terminado. Dejamos para una próxima ocasión el estudio de su iglesia, el alma espiritual de Veruela y una de las obras más sobresalientes del Císter en Aragón, cuya arquitectura y riqueza artística merecen un recorrido propio y una mirada detenida. Hasta entonces, el Monasterio de Veruela seguirá invitándonos a regresar para descubrir todo lo que todavía conserva entre sus muros.
Espero que os haya gustado. Hasta el próximo vuelo
BIBLIOGRAFÍA
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