El monasterio de Santa María de Rueda: historia y arquitectura cisterciense, donde el agua y la espiritualidad se encuentran
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El Monasterio de Nuestra Señora de Rueda se sitúa en el municipio de Sástago, en la provincia de Zaragoza, dentro de la comunidad autónoma de Aragón. Se encuentra en la Ribera Baja del Ebro, a orillas de este río, en un entorno natural fértil y bien comunicado que fue fundamental para el desarrollo del monasterio desde la Edad Media.
Aunque pertenece administrativamente a Sástago, el monasterio está muy próximo a la localidad de Escatrón, lo que ha hecho que históricamente se relacione con ambos núcleos de población. Su ubicación en la ribera del Ebro permitió a los monjes cistercienses aprovechar el agua para el riego de huertas, el funcionamiento de molinos, y el abastecimiento del propio monasterio mediante la famosa noria hidráulica; noria, que da nombre al cenobio y que contribuyó a la prosperidad del conjunto monástico y a su autosuficiencia.
El monasterio es uno de los conjuntos monumentales más relevantes de Aragón y, junto con los monasterios de Veruela y Piedra, representa una de las principales joyas del arte cisterciense aragonés, tanto por su valor histórico como por su arquitectura y su excepcional sistema hidráulico.

Desde el punto de vista histórico, el monasterio se inscribe en el contexto de la expansión del Císter en la Corona de Aragón ya en el siglo XII, impulsada por la monarquía y la nobleza para organizar y explotar los territorios recién incorporados tras la Reconquista. El Císter zaragozano, con casas como Rueda, se asentó en lugares con posibilidades de explotación agraria y recursos hídricos.
El proceso fundacional del Monasterio de Nuestra Señora de Rueda no fue inmediato ni lineal, sino que se desarrolló a lo largo de varias décadas mediante asentamientos sucesivos, reflejo de la expansión progresiva de la Orden del Císter y de la búsqueda de un emplazamiento adecuado.
La raíz más lejana de la comunidad de Rueda se encuentra en la abadía de Gimont, situada en el sur de Francia. Gimont fue un importante centro cisterciense desde el cual se difundieron comunidades monásticas hacia distintos territorios de la Corona de Aragón. Desde el punto de vista institucional, Gimont actuó como abadía madre indirecta, ya que de ella procedieron las comunidades que, a través de distintas fundaciones, acabaron dando origen a Rueda.
En la fotografía a la izquierda se vislumbra la torre del monasterio de Rueda, a la derecha la localidad de Escatrón.

La comunidad que llegó a Rueda procedía de la abadía de Gimont (Francia), como ya hemos comentado. Desde Gimont se fundó el monasterio de Salz, en 1152, considerado el primer intento de implantación estable de la comunidad cisterciense que más tarde derivaría en Rueda. Salz se situaba en una zona menos favorable desde el punto de vista hidráulico y agrícola, lo que dificultó el desarrollo pleno de la vida monástica conforme a los ideales cistercienses.
Ante las limitaciones de Salz, la comunidad se trasladó a Juncería (Juncaria), en el actual término de Villanueva de Gállego. En 1182, el rey Alfonso II de Aragón donó el castillo y villa de Escatrón al abad de la Juncería, lo que permitirá la fundación futura de Rueda.
En la fotografía el llamado Palacio de los Abades, residencia del abad del monasterio, construido en los siglos XVI-XVII, que da acceso a la Plaza de san Pedro, en donde se ubican la galería herreriana y la portada de la iglesia medieval.

Los monjes no se instalaron inmediatamente en Rueda, sino que en un primer momento se establecieron en un lugar cercano llamado Pallaruelo, pero pronto se dieron cuenta de que ese lugar tampoco reunía las condiciones necesarias para su modelo de vida. Por ello decidieron trasladarse a un enclave más adecuado, junto al río Ebro, donde el acceso permanente al agua permitía el riego de campos, el abastecimiento del monasterio, y el funcionamiento de molinos. Este nuevo emplazamiento, en la actual ribera de Sástago, ofrecía, terrenos fértiles, abundancia de agua, y aislamiento adecuado para su vida monástica.
Allí comenzó la construcción del monasterio definitivo, que quedaría bajo la advocación de Nuestra Señora de Rueda, nombre que hacía referencia a la gran noria hidráulica que se convertiría en uno de sus elementos más característicos. Trasladándose definitivamente los monjes de la Juncería al nuevo monasterio en 1202.
La fotografía muestra la fachada del Palacio de los Abades, construida a comienzos del siglo XVII. La portada, llamada Portada Real, está integrada en la fachada exterior y tiene tres calles y dos alturas, con un remate superior en forma de frontón triangular. Está formada por columnas toscanas y una puerta central adintelada, y dos laterales ciegas. En el siglo XVIII se añadieron esculturas con temas bernardos sobre la puerta. El conjunto refleja su función residencial y administrativa, mostrando la autoridad del abad con un estilo sobrio propio del Císter.

Una vez instalados, los monjes comenzaron a construir la iglesia, el claustro, sala capitular y demás dependencias siguiendo el modelo cisterciense, estableciendo una vida monástica, basada en la oración, el trabajo agrícola, y el aprovechamiento del agua mediante la famosa noria. La consolidación del monasterio se produjo durante el siglo XIII, y en 1238 se consagró la iglesia (21 de marzo), lo cual indica que la estructura principal estaba suficientemente avanzada para su uso litúrgico.
Durante el siglo XIV el cenobio alcanzó su máximo esplendor, gracias a las donaciones de la nobleza y la corona, así como al trabajo de los monjes, convirtiéndose en un importante centro religioso y económico de la Ribera del Ebro.
En la fotografía se observa el zaguán del palacio de los abades, con las típicas columnas anilladas aragonesas del siglo XVI. Al fondo se vislumbra la fachada de la iglesia, en la Plaza de san Pedro; a la derecha se muestran varias maquetas del monasterio; y a la izquierda, las taquillas de acceso.

A partir del siglo XV el monasterio comenzó un proceso de lento declive. Durante los siglos XVI y XVII continuó habitado, aunque con una progresiva disminución del número de monjes, realizándose únicamente obras de mantenimiento y adaptación El deterioro definitivo se produjo tras la Desamortización de Mendizábal de 1836, cuando la comunidad fue expulsada, y el monasterio pasó a manos privadas, quedando abandonado y sufriendo expolios y un grave proceso de degradación. La finca de Rueda pasó a pertenecer en 1929 a la Empresa Electro Metalúrgica del Ebro; las edificaciones postmedievales y la huerta fueron cedidas por esta empresa a la Diputación General de Aragón el 11 de diciembre de 1990. En cuanto a la zona medieval, que había pertenecido al Estado, éste el 4 de septiembre de 1998 la cedió a la Diputación General de Aragón, con la condición de impulsar su restauración.
En la fotografía la Plaza de san Pedro, plaza interior que organiza y articula los edificios más importantes del monasterio. Funcionaba como lugar de acceso, relación y representación, separando simbólicamente los espacios religiosos de los administrativos.
La plaza de san Pedro se cierra al oeste por el barroco palacio abacial, que se une al núcleo medieval mediante una galería de estilo herreriano (a la derecha de la fotografía). En el lado norte de la plaza vemos la antigua hospedería y otras edificaciones varias. En el frente se sitúan los pies de la iglesia con la sencilla portada gótica, y el cierre de la galería occidental del claustro, al que se accede a través de una bella portada situada bajo la galería herreriana.

En 1924 fue declarado Monumento Nacional, llevándose a cabo trabajos de conservación parcial, sobre todo en la iglesia y en la noria. Pero será a partir de los años 80 y 90 cuando el arquitecto Javier Ibargüen, bajo el impulso del Gobierno de Aragón y el Plan Director redactado en 1991, impulsó su conservación total, habilitando parte del edificio como hospedería (hotel) dentro de la Red de Hospederías de Aragón; convirtiéndose en un centro cultural, turístico y educativo, con visitas guiadas y actividades varias.

La galería porticada rodea parcialmente la Plaza de San Pedro y sirve para comunicar los distintos edificios del monasterio. Está formada por arcos de medio punto sostenidos por pilares, con un diseño sobrio y regular, acorde con el estilo cisterciense. Su función es tanto práctica (paso y protección) como organizadora del espacio, reforzando la sensación de equilibrio y jerarquía del conjunto monástico.
En primer término vemos los restos de dependencias monásticas, que estuvieron vigentes hasta el siglo XV, cuando se planificó la plaza y la gran galería herreriana.

La iglesia presenta una orientación este-oeste, cerrando todo el lado norte del conjunto monástico medieval. La actual iglesia se comenzó hacia 1225, siendo su constructor fray Gil Rubio, consagrada, aún sin terminar, en 1238. En lo que respecta a la portada, fue realizada en una etapa posterior, ya entrado el siglo XV, sustituyendo a otro acceso del que quedan restos en la parte inferior de la fachada.
Presenta una fachada sencilla, sin apenas decoración, construida en piedra. Destaca la portada de arco apuntado y la verticalidad del conjunto, que refuerza el carácter espiritual del edificio. La ausencia de ornamentación responde a los ideales cistercienses de austeridad, sencillez y recogimiento, dando prioridad a la función religiosa sobre la estética decorativa.
En la parte superior de la portada se abre un rosetón de diseño geométrico y sobrio, con formas lobuladas, bajo el que se abre la portada principal en arco apuntado, flanqueada por dos gruesos contrafuertes. La decoración de este rosetón es el resultado de la restauración de los años 70, ya que no se conservaba con anterioridad, el restaurador copió la misma labor decorativa del conservado en el muro del refectorio.
La datación de la portada es muy controvertida, para algunos es contemporánea a la fachada, y para otros la sitúan en el siglo XV, debido a sus capiteles corridos.

La portada está formada por un arco ligeramente apuntado, con tres arquivoltas y capiteles corridos, decorados con motivos vegetales y en los extremos cabezas humanas.

Los capiteles del lado derecho, al igual que los del lado izquierdo de la portada de la iglesia, son capiteles corridos, es decir, una misma moldura continua a lo largo del arco en lugar de capiteles individuales. Están decorados con motivos vegetales sencillos, como hojas estilizadas o tallos, siguiendo la austeridad cisterciense, y cumplen una función tanto estructural como decorativa ligera, resaltando la entrada sin distraer del carácter espiritual del templo.

La iglesia del Monasterio de Rueda constituye el eje central del conjunto monástico, tanto desde el punto de vista funcional como simbólico, en plena consonancia con los principios arquitectónicos de la Orden del Císter. Su construcción, iniciada tras el traslado definitivo de la comunidad en 1202, refleja la transición del románico tardío al gótico temprano, caracterizándose por la sobriedad formal, la claridad espacial y la austeridad decorativa.
En su edificación pueden distinguirse dos etapas constructivas claramente diferenciadas. La primera, en torno a 1225, corresponde a la cabecera, los primeros tramos de las naves y las partes bajas de los muros. La segunda fase, de carácter mudéjar, completa las partes altas de los muros, las bóvedas y la torre.
En una primera fase constructiva se empleó la piedra como material principal, siendo posteriormente sustituida por el ladrillo, visible especialmente en los tramos superiores de la nave. Este material, más económico y de fácil obtención en la zona, evidencia una notable participación de tradición mudéjarizante en la obra del monasterio, perceptible asimismo en el diseño y desarrollo de los ventanales de las naves.
La iglesia presenta planta basilical de tres naves, de cinco tramos, siendo la central ligeramente más alta y ancha que las laterales. Cuenta con cabecera plana, carece de crucero y se cubre con bóvedas de crucería, elementos que permiten una mayor altura y luminosidad, favoreciendo así la contemplación y la meditación, objetivos fundamentales de la espiritualidad cisterciense.
Los arcos perpiaños, de perfil apuntado, se apoyan en pilares cruciformes con medias columnas adosadas en sus frentes. La mayoría de los capiteles carecen de decoración y, cuando ésta aparece, se limita a motivos geométricos o vegetales, reforzando el ideal de sencillez propio de la orden.

Los capiteles son de gran sencillez formal; únicamente los situados en los dos primeros tramos de la iglesia se ornamentan con motivos vegetales, hojas de acanto, flores…; el resto son completamente lisos, en consonancia con la austeridad cisterciense.


Las naves laterales se cubren con bóvedas de crucería sencilla, con nervios moldurados que arrancan de arcos apuntados y apean en los muros perimetrales mediante medias columnas adosadas.
El templo resulta muy luminoso gracias a los vanos abiertos en la cabecera, en los pies y en la nave central. Durante el siglo XIV se abrieron nuevas ventanas en los muros laterales, caracterizadas por formas geométricas y celosías caladas.
El cierre de los vanos combinaba el uso de alabastro traslúcido y celosías de yeso, de tradición mudéjar unas y gótica otras, con una rica variedad de motivos decorativos que abarcan los siglos XIV y XV.
En la fotografía se aprecia una amplia vista del interior de la iglesia, en la que se distinguen claramente la nave central y la nave del Evangelio. Esta última concentra varios de los accesos más importantes del templo, evidenciando la organización funcional propia de la arquitectura cisterciense.
Al fondo y a la derecha de la nave del Evangelio se localiza la denominada entrada de conversos, una puerta que permitía el acceso directo de estos desde el claustro al interior de la iglesia, separando así los distintos grupos que convivían en el monasterio. En el lado opuesto se sitúa la portada de monjes, junto a la puerta de la sacristía, ambas flanqueando la escalera de maitines, que comunicaba el templo con el dormitorio común de los monjes para facilitar el acceso a los oficios nocturnos.
Este conjunto de puertas y circulaciones internas pone de manifiesto la estricta organización espacial del monasterio, donde cada acceso respondía a una función concreta dentro de la vida cotidiana de la comunidad religiosa, al tiempo que se integraba con sobriedad en la arquitectura del templo.

La fotografía muestra la nave central y la nave del Evangelio, situada en el lado norte del templo. Cubriéndose con bóvedas de crucería sencilla, características del primer gótico cisterciense, que refuerzan la sobriedad y funcionalidad del espacio.
En el muro de la nave del Evangelio se abren tres capillas laterales: en el centro, la capilla del Santo Cristo, de origen medieval, y a ambos lados las capillas de San Bernardo y Santa Bárbara, añadidas en el siglo XVII y de estilo barroco, lo que evidencia las transformaciones sufridas por el templo a lo largo del tiempo.
En los alzados de esta nave se aprecia, al igual que en la nave de la Epístola, el uso combinado de piedra y ladrillo, así como la presencia de ventanales de influencia mudejarizante, que introducen un lenguaje decorativo de tradición islámica dentro de la arquitectura cisterciense. Estos elementos aportan luz y ritmo al muro, enriqueciendo visualmente el conjunto sin romper su carácter austero.

Es la única capilla conservada de época medieval, datada a finales del siglo XIII. Destaca por la robustez de los arcos de su bóveda de crucería, así como por el arco apuntado de la embocadura, elementos característicos del primer gótico cisterciense.
En el interior, en el muro occidental, se conserva un nicho funerario que albergó los restos de Juan Gil Tarín, Justicia de Aragón, fallecido en 1290, lo que subraya el carácter funerario y conmemorativo de este espacio. En la parte superior de la capilla se abren dos vanos estrechos, destinados a la iluminación, que refuerzan la verticalidad y la sobriedad del conjunto.

La cabecera se compone de tres capillas con testero recto, siendo la central de mayor profundidad que las laterales, conforme a la típica planta “bernarda”, propia de la arquitectura cisterciense. El ábside central abre a la nave por medio de un arco triunfal apuntado, doblado y de sección prismática.
En la cabecera del ábside central se abren tres grandes vanos, en arco de medio punto, en la parte inferior y otro, más pequeño, en la parte superior, lo que permite la entrada de una abundante luz natural. Se cubre con bóveda de crucería cuyos nervios diagonales apean directamente sobre cuatro ménsulas, y éstas, a su vez, sobre capitel liso que se prolonga en un pequeño fuste colgado.
En los ábsides laterales se disponen igualmente vanos de iluminación, y en sus muros meridionales se abren arcosolios, conservándose también, en los muros septentrionales, unas hornacinas geminadas, destinadas al resguardo de los utensilios litúrgicos utilizados en la celebración de la misa.

En el muro de la Epístola, como ya se ha señalado, se abre una puerta de arco de medio punto que da acceso a la sacristía, situada a la izquierda de la fotografía. En la zona central se dispone el cuerpo de escaleras, que permitía el acceso directo al dormitorio de los monjes, ubicado en la parte superior de la iglesia. Junto éste, a la derecha de la imagen, se localiza la puerta de los monjes, abierta directamente a la galería oriental del claustro.
Asimismo, en este mismo paramento y en la zona de los pies del templo, se encuentra otra puerta de acceso desde el claustro, conocida como la portada de conversos, destinada al uso de los monjes legos. Este conjunto de accesos refleja la organización funcional y jerarquizada del espacio monástico.

Se adosa al muro meridional del templo y presenta dos estancias diferenciadas. La primera corresponde a la sacristía primitiva, de planta rectangular muy alargada, cubierta con bóveda de medio cañón ligeramente apuntada. La segunda es un pequeño oratorio, abierto con posterioridad, que conserva decoración esgrafiada sobre fondo gris, reflejo de una intervención de época moderna.

Desde este punto se aprecia la amplitud y claridad espacial del templo, así como la disposición de sus accesos. La iglesia cuenta con tres portadas: dos con comunicación directa con el claustro ,una a través de la portada de la panda de la iglesia, y otra mediante la denominada puerta de conversos; y un tercer acceso correspondiente a la portada principal, situada en el muro occidental, abierta a la plaza de san Pedro, visible al fondo de la fotografía.
Las puertas que comunican con el claustro se abren en las galerías oriental y occidental, localizadas en el muro izquierdo de la fotografía, y responden a una organización funcional que facilita la circulación interna de la comunidad monástica, diferenciando los recorridos de los monjes profesos y los conversos, como ya hemos comentado en varias ocasiones.

En las naves laterales, y por encima de sus cubiertas, se abren una serie de óculos y rosetones en los muros, que complementan los situados en los pies y en la cabecera de la iglesia. Estos vanos contribuyen a la iluminación del interior y enriquecen el alzado del templo.
Algunos de ellos se encuentran cerrados con alabastro, mientras que otros presentan celosías de yeso, tanto de tradición gótica como mudéjar, datadas entre los siglos XIV y XV. Esta diversidad de soluciones pone de manifiesto la evolución del edificio y la convivencia de distintos lenguajes artísticos dentro de la arquitectura cisterciense del monasterio.

Todos los tramos de la iglesia se cubren con bóvedas de crucería sencilla, propias del gótico cisterciense, caracterizadas por su sencillez estructural. En el cruce de los nervios se sitúan las claves de bóveda, que presentan una decoración heráldica, con escudos pertenecientes a los abades y a personajes o instituciones vinculadas al monasterio (Citeaux, Morimond, Rueda, Aragón…).
Estos motivos heráldicos cumplen una función simbólica y conmemorativa, al tiempo que introducen un elemento ornamental contenido, acorde con la sobriedad del conjunto. De este modo, la decoración de las claves permite identificar la importancia de determinados personajes en la historia del monasterio sin alterar el carácter austero de la arquitectura cisterciense.

En el centro de la clave de bóveda se ve un escudo heráldico. En su interior destaca una flor de lis como motivo principal, símbolo habitual de pureza, autoridad y tradición cristiana. A ambos lados de la flor aparecen dos figuras humanas estilizadas, simétricas, que parecen sostener o flanquear el emblema central, actuando como figuras protectoras o acompañantes. En la parte superior del escudo se distinguen dos aves enfrentadas, un motivo frecuente en la iconografía medieval, que suele interpretarse como símbolo de vigilancia, equilibrio o espiritualidad. Todo el conjunto está rodeado de decoración vegetal, integrándose en el lenguaje simbólico y ornamental propio de la arquitectura religiosa medieval.

Con la representación de un escudo heráldico.

Como el anterior, con motivo heráldico.

El campanario, levantado sobre la capilla meridional de la cabecera a mediados del siglo XIV, es de factura mudéjar. Se trata de un elemento poco frecuente en este tipo de conjuntos ya que las primeras abadías cistercienses no tenían campanario, siguiendo las recomendaciones de San Bernardo.
En origen la torre tenía planta octogonal, realizada en ladrillo sobre una base de piedra, aunque en el siglo XVIII se modificó la parte superior. Presenta tres cuerpos diferenciados, los dos primeros de estilo mudéjar, y el último barroco.
La torre está decorada con frisos de esquinillas al tresbolillo, bandas en zigzag, medios rombos y esquinillas simples. En el cuerpo donde se ubicaba el primitivo campanario se abren vanos gemelos en arco apuntado, separados por pequeños pilares de ladrillo. Sobre éste se levanta otro cuerpo en el que se abrían cuatro vanos, cegados en época barroca. Finalmente la torre culmina con un cuerpo de vanos abiertos y remate decorado con rombos y óculos, ya en estilo barroco.
La torre debe inscribirse en el grupo de torres octogonales que presentan estructura de alminar, mostrando un parecido notable con dos de las más significativas en Aragón, las de San Pablo de Zaragoza y la de Santa María de Tauste.

Una vez visitada la iglesia, regresamos a la plaza de San Pedro para acceder desde ella al claustro. Nos situamos bajo la galería porticada de la plaza, donde se abre una bella portada que da entrada al recinto claustral. Está formada por tres arquivoltas ligeramente apuntadas, decoradas con baquetones, puntas de diamante y decoración de arquillos “con delicada labra al modo lemosino”, que enriquecen el conjunto y destacan la importancia de este punto de transición entre el espacio público y el ámbito monástico.

Los capiteles de la portada de entrada al claustro desde la Plaza de San Pedro están decorados con motivos vegetales entrecruzados, formados por tallos y hojas estilizadas que se enlazan entre sí, creando un dinámico juego de lacería. Esta decoración es sobria y ordenada, propia del estilo cisterciense, y aporta un detalle ornamental contenido que acompaña al arco sin romper la austeridad ni el carácter funcional de la portada. También encontramos este tipo de decoración en algunos capiteles de la iglesia.

Siguiendo el recorrido de la visita al monasterio, al entrar en el claustro por la panda suroeste, nos sorprende de inmediato la gran belleza de este espacio, donde la armonía de las galerías, la luz y la proporción arquitectónica transmiten un sentido de calma y contemplación característico de los monasterios cistercienses.
Todo monasterio cisterciense se estructura alrededor del claustro, verdadero eje de la vida de la comunidad. Este espacio sirve como zona de meditación y lectura, a través de él se comunican las diferentes dependencias del conjunto monástico, articulando tanto la vida espiritual como la funcional del monasterio.
La construcción del claustro se desarrolló según las necesidades funcionales del cenobio. Así, el ala del capítulo, fundamental para acceder a la sala capitular, con su prolongación constructiva en un tramo hacia el lavabo y refectorio, se realizó en primer lugar, terminando las obras a finales de la primera mitad del siglo XIII.
Posteriormente se construyó el lado de la iglesia, y la finalización de la panda occidental se realizó en la segunda mitad del siglo XIV, reflejando la evolución del conjunto monástico.

El claustro representa simbólicamente la Jerusalén celestial. La palmera que suele aparecer en su ornamentación es el símbolo del monje: con los pies en la tierra, pero los ojos dirigidos al cielo, donde habita Dios. Así, en el claustro se concilian el cielo y la tierra.
Suele presentar planta cuadrada y se compone de cuatro galerías, cada una con una función específica: El ala norte o "del Mandatum o de la lectura", corre paralela a la iglesia, donde los monjes se sentaban en un banco corrido (el banco del Mandatum) y leían. La galería sur, donde encontramos la zona de servicios: el refectorio, dispuesto perpendicular al claustro, el calefactorio y la cocina. Y el ala oeste o galería del trabajo, en la que encontramos el callejón de conversos (en Rueda no se conserva este callejón), que se comunicaba con la iglesia, la cilla (situada en la zona sur y orientada paralelamente al refectorio medieval, pero en el exterior) y las bodegas (en Rueda estas dos últimas no se visitan).

En los monasterios cistercienses, el claustro no solo tiene una función simbólica y de circulación, sino también práctica, ya que en su centro suele encontrarse un pozo y una fuente, elementos fundamentales para la vida diaria de la comunidad.
El pozo permitía abastecer de agua a todo el monasterio y, en el caso de Rueda, se sitúa en el centro del claustro, siguiendo la tradición cisterciense. Este se conecta con los sistemas de conducción hidráulica que abastecían el conjunto monástico, aprovechando las aguas del cercano río Ebro, elemento fundamental para el desarrollo y funcionamiento del monasterio.
Junto al pozo se localiza una fuente de carácter funcional, destinada al lavado ritual y al refresco de los monjes. Esta fuente se cubre interiormente con una bóveda nervada, mientras que al exterior se remata con una pirámide octogonal de sillería, reforzada en cada uno de sus ángulos por contrafuertes, combinando funcionalidad, solidez y una cuidada expresión arquitectónica.
Pero ambos no solo cumplían un papel práctico, sino que también simbolizaban la vida que brota en el claustro, un lugar donde la vida terrenal y la contemplativa se encuentran, en armonía con la espiritualidad cisterciense.

Ya hemos comentado que el claustro tiene planta cuadrada, casi trapezoidal, situado al sur de la iglesia. Contaba con un solo piso rematado por una terraza, pero en el siglo XVI se elevó una segunda altura de ladrillo, de la que no se ha conservado prácticamente nada.
En la fotografía vemos, a la izquierda de la torre, el muro sur de la nave colateral derecha de la iglesia.

Como os he comentado anteriormente, seguiremos la visita que nos ofrece el monasterio, comenzando por la galería meridional, que es la que corresponde con el refectorio y estancias relacionadas con él.
Todas las galerías se cubren con bóvedas de crucería estrellada con claves decoradas, que luego comentaremos. En el muro se abren las portadas que dan acceso a las diversas estancias.

Junto al refectorio, y con acceso directo desde el claustro, se localiza la cocina del monasterio. Se trata de una dependencia muy reformada, de planta cuadrangular, cubierta con bóveda de cañón apuntado que arranca de una ménsula corrida.
La campana y el hogar originales no se conservan, aunque debieron situarse en el muro oriental, en contacto con el refectorio, tal como indican los conductos de ventilación empotrados en la pared, que permiten reconstruir su disposición funcional original. En ese mismo muro se abre un vano que comunica con el refectorio situado a continuación.

Situado en la galería sur del claustro, frente al refectorio, se encuentra el lavatorio, espacio donde los monjes debían lavarse antes de las comidas, conforme a la normativa y a la vida ritual cisterciense.
El templete del claustro de Rueda presenta notables proporciones y constituye un elemento singular dentro de la arquitectura cisterciense peninsular. Se trata de un templete de planta octogonal, único en la arquitectura cisterciense peninsular, ya que lo más habitual es que estas estructuras fueran hexagonales o cuadradas.
En cada uno de sus lados se abren arcos apuntados, que sostienen una cúpula ojival nervada, cuyos nervios convergen en la clave central, aportando ligereza y verticalidad al conjunto.
En el suelo del interior aparecieron restos de las conducciones de agua, actualmente protegidos mediante un pavimento de vidrio, lo que permite contemplar el sistema hidráulico original. De la fuente primitiva no se conserva ningún elemento, habiendo sido sustituida por una reposición moderna.

Interiormente está cubierto por bóveda nervada, de sección apuntada, cada uno de los nervios apoya en media columna adosada, con capitel troncopiramidal invertido.

El refectorio se sitúa en la panda sur del claustro, siguiendo la disposición habitual de los monasterios cistercienses, y constituye uno de los espacios fundamentales de la vida comunitaria. En él se realizaban las comidas en común de los monjes, que tenían lugar en silencio mientras se escuchaba la lectura espiritual.
La portada de acceso, descentrada del eje axial de la estancia, se abre mediante un arco ligeramente apuntado, formado por arquivoltas decoradas con arcos polilobulados y puntas de diamante, que apoyan en seis columnas con capiteles ornamentados con motivos vegetales, aportando una nota decorativa dentro de la sobriedad general del conjunto.

Es la estancia más conocida del monasterio. Se trata de una sala de planta rectangular, cuyos muros presentan ménsulas de rollos que sostienen una imposta continua, sobre la que apoyan cinco arcos fajones apuntados. Estos arcos dividen la bóveda de cañón apuntada en seis tramos, aportando ritmo y solidez al espacio.
Los monjes se disponían en bancos corridos adosados a los muros, frente a grandes mesas de madera, siguiendo la organización tradicional del refectorio monástico. La sala estaba bien iluminada gracias a los ventanales abocinados de arco de medio punto abiertos en los muros, aunque estos fueron cegados en el siglo XVII.
En el refectorio se alimentaba el cuerpo y el espíritu, la comida saciaba el hambre exterior, y la palabra el interior. Por ese motivo el refectorio era considerado un centro neurálgico del monasterio comparable a la iglesia. Los monjes acudían a él a una señal acústica, un versículo daba comienzo a la comida y otro marcaba el final.
En la Regla podemos leer varias normas que el monje ha de seguir en el refectorio: "En la mesa de los hermanos no debe faltar la lectura. Pero no debe leer allí el que de buenas a primeras toma el libro, sino que el lector de toda la semana ha de comenzar su oficio el domingo...Guárdese sumo silencio, de modo que no se oiga en la mesa ni el susurro ni la voz de nadie, sino sólo la del lector. Sírvanse los hermanos unos a otros, de modo que los que comen y beben, tengan lo necesario y no les haga falta pedir nada; pero si necesitan algo, pídanlo llamando con un sonido más bien que con la voz. Y nadie se atreva allí a preguntar algo sobre la lectura o sobre cualquier otra cosa, para que no haya ocasión de hablar, a no ser que el superior quiera decir algo brevemente para edificación. El hermano lector de la semana tomará un poco de vino con agua antes de comenzar a leer, a causa de la santa Comunión, y para que no le resulte penoso soportar el ayuno. Luego tomará su alimento con los semaneros de cocina y los servidores. No lean ni canten todos los hermanos por orden, sino los que edifiquen a los oyentes..."

En el muro oriental, de forma notablemente descentrada, se abrió una escalera embutida en el espesor del muro, cubierta con una bóveda de cañón en rampa, que daba acceso al púlpito. Desde éste, uno de los monjes realizaba la lectura espiritual mientras el resto comían. Las comidas se desarrollaban en silencio, interrumpido únicamente por la lectura de la Biblia, conforme a la práctica habitual de la vida monástica.
Esta organización responde al ideal cisterciense de una vida marcada por la soledad y la comunidad, siguiendo la Regla de san Benito, que prescribía una existencia sobria y sencilla, alejada tanto del lujo como de la ociosidad.
La escalera se abre a la nave del refectorio mediante una arquería formada por seis arcos, de los cuales son rampantes aquellos que se apoyan directamente sobre los escalones. Todos los arcos apean en columnas con capiteles decorados con motivos vegetales, aportando un discreto valor ornamental al conjunto.
Este sistema arquitectónico encuentra paralelos en otros grandes refectorios monásticos, como los de Saint-Martin-des-Champs (Francia), Alcobaça (Portugal), Poblet (Tarragona) y el monasterio de Santa María de Huerta (Soria).

En el muro del fondo se abren dos vanos simétricos en arco de medio punto y sobre ellos un rosetón con adorno semejante al de la portada principal de la iglesia.
El púlpito se dispone con un frontis semihexagonal, que apoya en ménsula y baquetón colgado.
En el muro de la izquierda se abre la puerta que comunica con la cocina.

Dos vanos estrechos en arco de medio punto flanquean un óculo de piedra labrada, construido en dos únicas piezas, apartándose de las composiciones tradicionales, presentando una delicada lacería que culmina en una estrella central.

Es la primera estancia de la panda del refectorio. El calefactorio era la dependencia destinada a proporcionar calor a los monjes durante el invierno, siendo un espacio esencial para la vida cotidiana dentro del complejo cisterciense, especialmente en la zona del claustro y las celdas monacales.
Presenta planta rectangular y se cubre con una bóveda de cañón apuntado de sillería, reforzada por un arco fajón intermedio.
Este calefactorio quedó anulado al habilitarse el paso hacia la nueva zona de dormitorios, construida en el siglo XVII en la parte superior del conjunto. En ese momento se edificó un nuevo calefactorio, situado en la parte superior, junto al dormitorio común, en la misma área, como se explicará más adelante.

En la intersección de la panda del refectorio (sur) con la panda del Capítulo (este) se localiza uno de los puntos de articulación más importantes del claustro, ya que conecta dos de las áreas fundamentales de la vida monástica: el ámbito espiritual y disciplinario, y el espacio cotidiano y comunitario.
Este cruce facilitaba la circulación interna de los monjes entre el Capítulo, donde se celebraban las reuniones diarias y se leía la Regla, y el refectorio, destinado a las comidas en común. Su posición estratégica permitía un tránsito ordenado, discreto y funcional, acorde con la organización jerárquica y el ritmo diario impuesto por la Regla de san Benito.

Arquitectónicamente, este punto suele resolverse mediante la continuidad de las galerías, con arquerías que mantienen la misma modulación y sobriedad decorativa que el resto del claustro, reforzando la unidad visual y simbólica del conjunto. En este lugar se manifiesta de forma especialmente clara la concepción cisterciense del claustro como espacio vertebrador de la vida comunitaria, donde se integran oración, disciplina y trabajo cotidiano.
Los vanos de este corredor son ventanales bíforos, con un parteluz formado por un pilar central cuadrado al que están adosadas cuatro columnas. Sobre él se abre un rosetón central con ocho lóbulos.

En la que se abren dos arcos de medio punto, el de la derecha da entrada al scriptorium o sala de los monjes; y el de la izquierda al locutorio, a la cárcel y a la huerta.

La Sala de los Monjes en el Monasterio de Rueda podía desempeñar la función de scriptorium, es decir, un espacio donde los monjes trabajaban en la copia, redacción o ilustración de manuscritos y documentos, junto con otras actividades intelectuales propias del monasterio.
Este espacio cierra el ala oriental del claustro y tiene dimensiones similares a la sala capitular. Está dividido en dos naves por dos pilares octogonales centrales con capiteles troncopiramidales, y cada nave cuenta con tres tramos cubiertos por bóvedas de crucería, cuyos nervios achaflanados recuerdan a los de la cilla.
Los muros presentan tres vanos sencillos sin decoración, mientras que en las bóvedas y capiteles se conservan restos de policromía, indicando que originalmente tenían algo de color. La sala combina funcionalidad y sobriedad cisterciense con pequeños detalles decorativos góticos.
Tras la restauración del monasterio, se ha conservado abierto el ramal de una canalización subterránea relacionada con las letrinas.

En el Monasterio de Rueda se documenta un elevado número de marcas de cantero, en torno a 3.000 signos, que pueden agruparse en 373 tipos distintos, ejecutados mediante cincel, buril o puntero. Estas marcas, realizadas de forma individual o por cuadrillas de trabajo, se grababan en los sillares con el fin de identificar la autoría de la talla y facilitar el control del trabajo y la remuneración.
La marca localizada en el acceso a la sala de monjes; y la siguiente, ubicada en la cabecera central de la iglesia, se presentan como ejemplo representativo de este amplio repertorio, aún visible en los paramentos del monasterio y de gran interés para el estudio de los procesos constructivos medievales.

Marca de cantero en forma de tijeras, que, como ya os he comentado, podemos encontrar, entre otros lugares, en la cabecera central de la iglesia.

Junto a la escalera de subida al dormitorio y a la sala capitular se encuentran varias estancias con funciones concretas:
-Locutorio: es una sala estrecha y alargada, cubierta con bóveda de crucería de dos tramos, donde el prior, segunda autoridad del monasterio, repartía las tareas diarias entre los monjes. Al fondo la puerta que comunica con el huerto exterior, acceso que facilitaba la supervisión de las labores agrícolas.
-Muro opuesto: alberga la cárcel del monasterio (primer vano a la izquierda), dependencia que fue obligatoria desde 1229, en donde se castigaba todas las conductas que no se ceñían a las normas benedictinas. Es una pequeña estancia situada detrás de la escalera de subida al dormitorio, cubierta con bóveda de cañón. A su lado, segundo vano a la izquierda, el acceso a un pequeño hueco bajo la escalera del dormitorio, que probablemente se utilizaba para almacenamiento o funciones auxiliares.

La huerta del Monasterio de Rueda se situaba al este del conjunto monástico, adyacente a la iglesia y a las dependencias conventuales. Este espacio cumplía una función práctica y autosuficiente, dedicada al cultivo de hortalizas, frutas y hierbas medicinales necesarias para la vida cotidiana de los monjes. La huerta estaba organizada de forma ordenada, con caminos y canales que facilitaban el riego mediante el sistema hidráulico que caracterizó históricamente a este monasterio cisterciense, aprovechando las aguas del río Ebro y de los canales que abastecían el molino, uno de los elementos industriales más antiguos del conjunto. Su proximidad a la iglesia y a las áreas de residencia monástica permitía un control directo sobre los cultivos, asegurando la subsistencia de la comunidad.
En la fotografía se aprecia el exterior del monasterio por su parte oriental, donde destaca la cabecera de la iglesia. Su aspecto es sencillo, de líneas rectas y marcada sobriedad, rasgos que impregnan todo el conjunto de la iglesia abacial. En el ábside central se abren tres vanos, en la parte inferior, y uno en la superior, que rompen la monotonía del paramento.
La monotonía de los muros también se ve alterada por la presencia de la esbelta torre mudéjar, que se eleva sobre la capilla meridional de la cabecera, introduciendo un acento vertical y decorativo que contrasta con la sobriedad general de la arquitectura cisterciense. Este conjunto combina la austeridad funcional de la orden con elementos estilísticos posteriores, que aportan dinamismo y variedad visual al conjunto exterior.

En esta zona se encuentra uno de los accesos al dormitorio de los monjes, situado en la parte superior de la panda del capítulo. La escalera (parte central de la fotografía), flanqueada por el locutorio y la sala capitular, fue completamente reformada en el siglo XVII, por lo que no conserva elementos de época medieval y presenta una estructura sencilla de dos tramos que conduce al dormitorio.
Además, como se mencionó al hablar de la iglesia, existe una segunda escalera, conocida como escalera de maitines, que permitía a los monjes bajar directamente al templo desde el dormitorio para la oración nocturna, facilitando la organización de los oficios litúrgicos sin necesidad de recorrer todo el claustro.

Situada en el ala oriental del claustro, flanqueada por el armarium y la escalera de acceso al dormitorio, responde a la estructura tradicional de este tipo de espacios en la arquitectura cisterciense. Constituye uno de los espacios monásticos más representativos de la arquitectura cisterciense en Aragón.
La Sala Capitular era el corazón del monasterio: era el lugar donde la comunidad se reunía diariamente, donde se leía la regla monástica, se discutían asuntos internos, se realizaban confesiones públicas y se tomaban decisiones colectivas. Su disposición arquitectónica, la proporción de los espacios, la estructura de las bóvedas y la sobriedad decorativa reflejan la filosofía cisterciense, que busca la unión de funcionalidad, austeridad y armonía en la vida monástica.
Se abre con una puerta central y dos ventanales laterales, entre cuyas separaciones se recogen sobre el muro las ménsulas de arranque de los nervios de las bóvedas del claustro, acabadas en “cul de lampe”.

Se accede a ella mediante una portada abocinada de gran complejidad formal: consta de cuatro arquivoltas; las dos interiores están decoradas con puntas de diamante, la tercera presenta doble bocel, y la exterior exhibe arquillos polilobulados sobre bocel. Todas las arquivoltas apoyan sobre una doble cornisa y columnas con capiteles compuestos decorados con motivos vegetales, mientras que las bases presentan dentículos y doble plinto, integrando funcionalidad y ornamentación de manera equilibrada. Esta portada no solo refuerza la estabilidad estructural, sino que señala la importancia simbólica de la sala como centro de la vida comunitaria.

Los vanos laterales de la portada descansan sobre un zócalo de grandes sillares y reproducen la estructura de la portada principal: las dos arquivoltas exteriores, una lobulada y otra con doble bocel, enmarcan dos arcos geminados, los cuales están cerrados por dos arquivoltas interiores decoradas con puntas de diamante. En el centro se abre el rosetón polilobulado, compuesto por dos molduras en bocel y una moldura intermedia con puntas de diamante.
En el pretil del vano vemos lo que parece ser parte de la losa del enterramiento de un caballero.

En su interior, la sala es rectangular y está organizada en dos naves divididas por dos pilares octogonales centrales, generando un total de tres tramos por nave. Cada nave está cubierta por bóvedas de crucería gótica, cuyos nervios presentan formas achaflanadas que recuerdan a los de la cilla del monasterio, lo que aporta armonía y continuidad estilística dentro del conjunto monástico. De los pilares centrales parten arcos hacia columnas adosadas a los muros, creando un efecto visual de ramificación que eleva la mirada hacia el techo, característica distintiva de la arquitectura cisterciense.
A lo largo de los muros vemos gradas de piedra corridas que permitían a los monjes sentarse durante las reuniones del capítulo. La sala estaba iluminada por tres grandes ventanales, en el muro oriental, que proporcionaban luz natural suficiente para la lectura de la regla y el desarrollo de las reuniones comunitarias.

En la sala capitular es frecuente encontrar enterramientos de abades, en el caso de Rueda se conservan algunos de gran interés, uno en el que se representa al difunto (el de la derecha de la fotografía), y otros con sencillos báculos que reflejan la dignidad abacial del difunto.

En conjunto, la Sala Capitular del Monasterio de Rueda es un ejemplo claro y completo de la arquitectura cisterciense gótica, donde la portada, el interior, la decoración y la estructura se integran para crear un espacio simbólicamente central y arquitectónicamente refinado, al servicio de la comunidad monástica.

Saliendo de la magnífica sala capitular, nos dirigimos hacia la panda del Mandatum, donde se encuentra la iglesia, ya comentada con anterioridad. Este recorrido permite apreciar la conexión funcional entre los espacios monásticos, desde las dependencias comunitarias hasta el templo, reflejando la organización jerarquizada y racional propia de la vida cisterciense.

La portada que da acceso a la iglesia, utilizada por los monjes, es de gran sencillez y se abre mediante un arco de medio punto ligeramente descentrado. Al fondo se aprecia la capilla del Santo Cristo.
A la derecha se encuentra el espacio del armarium, antigua librería del monasterio donde se guardaban los libros para la lectura durante los paseos por el claustro. El aspecto actual corresponde a una transformación del siglo XVII, cuando se convirtió en una capilla en arcosolio con arco de medio punto, cuyo intradós conserva decoración esgrafiada en blanco y relieves en escayola.

Todo el paramento corresponde a la nave lateral de la iglesia (nave de la Epístola). A lo largo del muro quedan huellas de la existencia de un banco corrido (banco del Mandatum), donde los monjes descansaban.
En este mismo paramento se abren dos arcosolios de arco apuntado, uno de los cuales aún conserva restos muy deteriorados de decoración mural pintada de época gótica, con escenas de carácter funerario.

Constituye un punto clave en la organización funcional del claustro. En este espacio confluyen los recorridos vinculados a la iglesia y a las dependencias de los monjes conversos, evidenciando la estricta jerarquización y separación de usos propia del modelo cisterciense. Su configuración arquitectónica, sobria y carente de decoración superflua, responde a un carácter eminentemente funcional, facilitando la circulación interna y el control de accesos entre las distintas áreas del monasterio.

La panda de conversos era la destinada a los monjes que no eran sacerdotes y se encargaban de labores manuales o de gestión material del monasterio. En ella se encontraban estancias dedicadas a ellos y a su trabajo, ya que la vida de los monjes estaba separada de la de los conversos, cumpliendo la regla cisterciense de organización funcional.
Es la más tardía de todo el conjunto, como podemos ver por las arcadas con tracerías góticas, y la decoración de los capiteles con temas figurados y zoomorfos.

La panda de Conversos presenta una serie de ventanales bíforos, con parteluz de fuste simple de sección octogonal. Cada uno de los arcos geminados tienen tres arquetes decorativos, y en la tracería se abren tres óculos, los laterales trifolios o cuatrifolios, y el central pentalobulado.

La decoración de los capiteles del claustro del Monasterio de Rueda es, en general, vegetal, siguiendo la sobriedad y armonía características del estilo cisterciense. Sin embargo, la panda occidental se distingue por sus capiteles figurados, que presentan ángeles, seres fantásticos y escenas narrativas.
A pesar del deterioro que presentan, en algunos de estos capiteles se puede vislumbrar, como es este caso, la escena de la Anunciación, en la que se centra un gran jarrón de flores, rodeado de los personajes y motivos propios del relato bíblico. Esta combinación de elementos vegetales y figurativos aporta un interés visual y simbólico único dentro del claustro, integrando la espiritualidad de los monjes con la riqueza narrativa de la escultura gótica.

Este capitel muestra a un ángel sentado con un libro abierto entre sus manos. Este detalle podría simbolizar la transmisión de la lectura y del conocimiento, reflejando la importancia de la contemplación y el estudio dentro de la vida monástica. Junto con otros capiteles que muestran seres fantásticos y escenas narrativas, se evidencia la intención de combinar motivos vegetales y figurativos para transmitir mensajes religiosos y espirituales dentro del claustro.

La escena es de difícil interpretación, pero resulta especialmente llamativa dentro de la decoración figurativa del claustro. Sobre un lecho de hojarasca se observa un dragón con rostro humano y pezuñas de cuadrúpedo, situado a la izquierda de la composición. El monstruo parece mirar y tratar de alcanzar a una figura decapitada que se encuentra frente a él. Mientras tanto, otro personaje, ubicado en la escena, toca una trompeta, aparentemente con la intención de asustar o ahuyentar al dragón.
Este capitel combina elementos fantásticos y narrativos, y aunque el significado exacto es incierto, podría interpretarse como una alegoría de la lucha entre el bien y el mal, o como una advertencia moral dirigida a la comunidad monástica. La complejidad y el simbolismo de esta escena muestran la riqueza expresiva de los capiteles figurados de la panda occidental del claustro, donde lo imaginario y lo espiritual se entrelazan con fines didácticos y religiosos.

Todo el espacio interior del claustro se cubre con bóvedas de crucería con claves decoradas con una variada temática. En la que vemos en la fotografía, situada en el ala sur, se representa la figura del sol y Las estrellas. El sol (símbolo de Cristo) presenta una cara afable y doce rayos (los apóstoles) coronados por estrellas de seis puntas (número perfecto que representa la naturaleza humana y divina de Cristo).

Decorada con motivos animales inespecíficos, de carácter esquemático, propios de un repertorio ornamental sencillo y de difícil identificación iconográfica.

En esta, situada en la galería Este, se representa al Cordero Pascual con el lábaro sostenido por un extraño animal y la cruz de brazos iguales.

Esta clave de bóveda, ubicada en el ala sur, a la altura de la entrada del refectorio, se representa la mano de Dios (Dextera Domini) en actitud de bendecir y la salutación “"PROFICIAT VOBIS"” (que os aproveche).

El dormitorio de los monjes se sitúa en el piso superior de la panda oriental del claustro, sobre la sala capitular y las dependencias asociadas (locutorio y paso al refectorio). Esta ubicación responde a la organización cisterciense clásica, pero en Rueda se conserva con bastante claridad su articulación funcional.
Se trataba de un gran espacio longitudinal y diáfano, destinado al descanso colectivo de la comunidad, sin compartimentación individual, siguiendo la estricta observancia de la regla del Císter en época medieval. Los monjes dormían en lechos dispuestos en fila, con separación mínima, lo que reforzaba la vida comunitaria y el control disciplinario.
Tiene dos accesos, mediante la llamada escalera de día, que se ubica en el claustro; y la escalera de maitines, situada en la iglesia, y que daba acceso directo desde el dormitorio al templo para la oración nocturna sin atravesar el claustro.
El dormitorio de los monjes presenta un alto grado de transformación como consecuencia de las restauraciones llevadas a cabo en el monasterio tras el abandono del cenobio. La cubierta actual corresponde a una estructura moderna, resultado de estas intervenciones, que sustituye por completo la cubrición medieval original, hoy desaparecida. El espacio se cubre mediante una techumbre de madera a dos aguas, sostenida por arcos diafragma, de carácter funcional.
En las fachadas laterales se abren numerosos vanos abocinados con arco de medio punto, que proporcionan una notable iluminación natural a la estancia. Al fondo del dormitorio se dispone una dependencia correspondiente al denominado calefactorio nuevo, ubicado en el mismo emplazamiento y con idéntica superficie que el calefactorio inferior del claustro. Este espacio se cubre con una bóveda de media naranja y cuenta con chimenea y hogar central.

También existe una pequeña estancia cuadrada, situada sobre la sacristía y con acceso a la torre, que se cree que pudo haber sido el dormitorio del abad.

Desde el dormitorio se abren dos puertas que dan acceso a la terraza situada sobre el claustro, un espacio transitable que permite recorrer las cuatro pandas claustrales por la parte superior. Esta terraza cumple una función práctica de comunicación y ofrece una visión elevada del conjunto monástico y de los alzados de la iglesia.
El monasterio contó originalmente con un segundo piso del claustro o sobreclaustra, hoy prácticamente desaparecido. De él se conservan únicamente la galería de arquillos de medio punto abierta a la plaza occidental y los restos de mechinales visibles en el muro del dormitorio, que evidencian la existencia de esta estructura superior.

Desde la terraza podemos contemplar con mayor claridad los vanos que se abren en la nave de la Epístola. En este caso destaca un óculo de forma romboidal, decorado con un motivo cruciforme propio del gótico tardío.

Se trata de un cuadrilóbulo inscrito en un círculo, con un motivo heráldico en la parte central.

Es del mismo tipo que abren en la nave central, aunque en este caso es geminado en vez de triforo. Un amplio arco apuntado enmarca un doble vano trilobulado con antepechos de yeserías caladas.
La ventana está ejecutada en ladrillo, material característico del arte mudéjar aragonés, y se diferencia así del resto de la fábrica original en piedra. Su decoración se basa en motivos geométricos, organizados de forma regular y repetitiva, que generan un efecto visual de ligereza y ritmo. Estos motivos, lejos de la figuración, responden a la estética islámica, donde la geometría y la abstracción adquieren un papel fundamental.

Una vez comentado y visitado el monasterio, salimos del recinto abacial por la Puerta Real, nos dirigimos hacia la noria del Monasterio de Rueda, uno de los elementos más singulares de su entorno hidráulico. Este sistema permitía captar y conducir el agua del río Ebro, que abastecía tanto a la noria como al molino y a los canales que irrigaban la huerta, mostrando la estrecha integración entre arquitectura, tecnología y paisaje en la vida cotidiana de los monjes, como luego veremos.
El recorrido hacia la noria también permite contemplar el paisaje ribereño del Ebro, con sus meandros, terrazas agrícolas y vegetación de ribera. La presencia del río no solo era funcional, sino que definía visual y ambientalmente el monasterio, resaltando la relación entre el conjunto cisterciense y su entorno natural, donde el agua se convierte en un recurso vital y en un elemento que modela la experiencia estética del lugar.

El sistema hidráulico que vamos a ver es uno de los elementos más característicos y singulares del conjunto monástico. Concebido para el aprovechamiento integral del agua del río Ebro, este complejo sistema, articulado en torno a la gran noria, acequias, canales y edificios asociados, fue fundamental para la vida cotidiana, el trabajo agrícola y el desarrollo económico del monasterio, constituyendo un ejemplo excepcional de ingeniería hidráulica medieval al servicio de la comunidad cisterciense.
Es un conjunto compuesto por azud, molino harinero, caja de una noria para el riego, y acueducto. La noria conserva íntegra su estructura, al igual que el magnífico acueducto, uno de los mejores ejemplos aragoneses conservados, cuyos arcos apuntados, estaban ocultos por la vegetación, y durante la restauración, llevada a cabo por el arquitecto Javier Ibargüen, bajo el impulso del Gobierno de Aragón y el Plan Director redactado en 1991, fueron liberados en sus dos caras.

El Monasterio de Nuestra Señora de Rueda presenta una estrecha relación entre arquitectura, paisaje y sistema hidráulico, siendo la noria uno de los elementos definitorios del conjunto. Su emplazamiento junto al río Ebro responde a los principios del Císter, que priorizaban la autosuficiencia económica y el aprovechamiento racional de los recursos naturales.
La rueda se movía mediante la corriente del río, y el agua era transportada a canales y depósitos (acueducto gótico) que distribuían la misma al monasterio, a los campos y a los molinos hidráulicos, que molían el cereal para el monasterio y sus alrededores.

Vista de la noria y del molino, elementos fundamentales del sistema hidráulico y productivo del monasterio. En Rueda tanto el molino como la noria se emplazan juntos para aprovechar ambos la misma fuerza motriz del agua. Suelen disponerse con la noria más próxima a la orilla y paralelo a ésta, el molino.
En esta zona del Ebro fueron abundantes las norias de elevación, como en Gelsa, Velilla, Sástago, Chiprana, en la mayoría de los casos asociadas con molinos harineros adyacentes, como es el caso del monasterio de Rueda.

Está situado junto a la noria, alimentándose de la misma acequia que la abastece, y se adosa lateralmente a uno de los machones de ésta. Se trata de un edificio de planta rectangular, organizado en dos niveles: la sala de molienda propiamente dicha y el cárcavo. En uno de sus muros se abre una ventana de asiento, elemento completamente inusual en este tipo de construcciones de carácter industrial, lo que singulariza el conjunto dentro del sistema hidráulico del monasterio de Rueda.

La noria es una gran rueda hidráulica de madera y hierro, su función principal era elevar el agua del río Ebro para abastecer al monasterio, regar los huertos y campos cercanos. Mide unos 18 metros de diámetro, lo que la hace una de las norias más grandes de España.
La caja de la noria está formada por dos bloques alargados colocados en paralelo, entre los cuales gira el eje de la rueda impulsada por el agua que entra por un estrecho canal llamado canalizo. En los extremos de cada bloque se levantan pilas de piedra que sostienen un canal superior. El agua, elevada por los canjilones o recipientes de la noria, se vierte en ese canal al alcanzar el punto más alto del giro. Luego el agua es recogida por canales de madera que la conducen hacia las pilas delanteras, donde un canal transversal de piedra la reúne y la dirige finalmente al acueducto elevado de salida.

Despedimos al monasterio de Santa María de Rueda, un conjunto excepcional, donde la sobriedad cisterciense, la armonía arquitectónica y la belleza del paisaje se unen para ofrecer un testimonio único de la espiritualidad, la técnica y el arte medieval a orillas del Ebro. Confío en que este recorrido haya resultado tan interesante de leer como lo ha sido para mí realizarlo.
Hasta el próximo vuelo.
BIBLIOGRAFÍA:
-El Cister. Órdenes religiosas zaragozanas. Zaragoza, Excma. Diputación Provincial. “Institución Fernando el Católico”, 1998.
-MARTÍNEZ BUENAGA, Ignacio: La arquitectura cisterciense en Aragón 1150-1350. Diputación Provincial. “Institución Fernando el Católico”, 1987.
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-GARCÍA OMEDES, A.: https://www.romanicoaragones.com/6-zaragoza/990510-Rueda1.htm
-TOLOSA, J. A.: https://www.aragonmudejar.com/riberabaja/rueda/rueda01.htm
-Monasterio de Rueda y su restauración:





















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