Su nombre, su triste nombre, su olvidado y silenciado nombre.


Era noche cerrada, por fin había podido conciliar el sueño. La oscuridad siempre le producía cierto desasosiego, a pesar de ser un hombre hecho y derecho aún tenía que dejar un resquicio en la puerta por el que penetrara ese haz de luz que tranquilizaba su alma y sus miedos.

A lo largo de todo el día había sentido el oscuro presentimiento de que algo no iba bien. Corazonada, que cuando llegó la noche, le provocó una intranquilidad que no le dejaba pensar con claridad. Agotado se había ido a la cama, acompañado por un nudo en la garganta y la sensación de que algo se había vuelto a romper.

Recordó el día en el que perdió su brújula y su timón, en el que empezó a preguntarse el por qué de tanto vacío y tan profundo silencio. Él era muy joven, con solo doce años supo lo que era el dolor del desamparo y lo que significaba sentirse el causante de tanto dolor. No había tenido ni una triste despedida, ni el suave tacto de piel con piel para recordar, ni una explicación, ni un adiós.

Esa era su espina, hasta que no se la arrancara, su vida no podría continuar normalmente. Poco a poco se fue adormilando, pero aún en su duermevela sintió un escalofrío que le provocó un miedo incontrolable, lentamente se sumergió en un mundo de sueños y deseos cumplidos.

El móvil empezó a sonar. Aún inquieto por el brusco despertar, Javier se quedó rígido, no sabía ni dónde se encontraba, ni qué era el maldito ruido que le había devuelto a un oscuro lugar que en ese momento desconocía. Aún estaba en su sueño, contemplando un rostro, siempre el mismo rostro.

El móvil dejó de sonar. Volviendo a la realidad, y aún aturdido, se sentó en la cama; y con un malestar creciente volvió su vista hacia la mesilla dónde se encontraba el móvil, que comenzó nuevamente a sonar. Lo cogió nervioso y contestó titubeante. Su semblante se tensó como una cuerda de violín: no podía dar crédito a la voz que al otro lado le comunicaba la muerte de su padre. Un latigazo sacudió todo su cuerpo, y rememoró ese rostro que tantas veces había soñado.

Su padre…, que fue todo y nada, su adalid y el hombre que abandonó su hogar en ese día gris y aciago en brazos de un amor prohibido. El héroe que huyó con aquella muchacha, Josefa se llamaba, y los dejó tirados como colillas marcadas con carmín rojo intenso, como su deseo. Su madre nunca se había recuperado de esa cobardía, ni su hermana, ni el mismo. En su hogar había quedado la ceniza del amor muerto, del amor quemado por el deseo de un hombre que quiso una vida nueva y abandonó su pasado sin mirar atrás. Solo le dejó un rostro, una imagen, que fue borrándose día a día, año a año. Nunca más pronunció su nombre.

Se levantó casi a cámara lenta. Con cierta inercia llamó a su madre para comunicarle la noticia, una noticia que no sabía cómo iba a recibir, tampoco tenía tiempo de conversaciones profundas, ya habría tiempo. Había que ir a recoger las cenizas de su padre a un pueblecito cerca de Oporto, cuyo nombre no aparecía ni en el mapa; el lugar donde su padre había ido a parar con su nuevo sueño: Josefa, la que le había abandonado a la primera de cambio, convirtiéndose desde entonces en un desecho de la vida. Había muerto sólo y abandonado hasta por su aliento.

Javier realizó una segunda llamada, su amigo Rafa era piloto de Iberia, necesitaba que alguien le abriera la mente, alguien que pensara por él. En esos momentos no podía concentrarse, seguía sintiendo el fuerte nudo en la garganta, no podía casi ni respirar, más bien se movía por impulsos.

Su mente cayó en una especie de tupida niebla, no recordaba ni como había llegado a esa vieja avioneta, que un conocido de Rafa le había ofrecido para ir a recoger las cenizas de su padre a ese recóndito lugar donde había desaparecido su ayer y su esperanza de un quizás mañana. Tampoco recordaba con claridad su paso por el tétrico tanatorio y las palabras que el hombre de negro le había dirigido. Pero allí estaba, sentado en una vetusta avioneta junto a dos desconocidos, de vuelta a su hogar.

Un potente zumbido le devolvió violentamente a la realidad. Se había desatado una fuerte tormenta, los relámpagos iluminaban la oscura y triste noche, la lluvia furiosa azotaba la ventanilla en la que se reflejaba su cara desencajada por el miedo y el cansancio que sentía. La avioneta comenzó a balancearse bruscamente, el ruido era ensordecedor. De repente una voz, nada tranquilizadora, les comunicaba que tenían que realizar un aterrizaje de emergencia, que se pusieran los cinturones y mantuvieran las cabezas agachadas. Nervioso miró a sus compañeros de viaje, un hombre y una mujer, que angustiados miraban de un lado a otro. Con los ojos desorbitados la mujer gritaba, y el hombre se aferraba fuertemente al apoyabrazos de su asiento y abría y cerraba la boca como si de un gran sapo se tratara.

Javier se encogió sobre sí mismo, abrazando a lo que había sido su padre, convertido en una urna negra con una plaquita de aluminio donde ponía su nombre, su triste nombre, su olvidado y silenciado nombre.

En ese momento volvió a ser un niño de doce años. Aún no había derramado ni una sola lágrima por la muerte de su padre. Con un miedo atroz se aferró a él, a sus restos, a lo que quedaba de ese nombre silenciado durante tantos años; y abrazándolo dos gruesas lágrimas surtieron de sus ojos, como si de un río desbordado se tratara, y abriendo la boca pronunció en un silencioso grito: ¡Papá!

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