Santa Cecilia y el Ángel. Jusepe Martínez. Museo de Bellas Artes. Zaragoza.


Hoy volaremos al Museo de Bellas Artes de Zaragoza, a la sección de pintura del siglo XVII, sala abierta en el año 2018 dedicada a la pintura barroca. En ella se exponen doce obras del siglo XVII, tres de ellas debidas a pintores aragoneses: Vicente Berdusán y Jusepe Martínez, dos de los principales representantes del barroco aragonés, en sus fases inicial y plena. Hoy nos vamos a centrar en el pintor zaragozano Jusepe Martínez y Lurbe "maestro de pintores y avanzado teórico de la pintura en su época". En la sala podemos admirar dos de sus obras más importantes: el autorretrato en el que está pintando a su padre, el también pintor Daniel Martínez (1630); y la deliciosa obra que hoy vamos a comentar: santa Cecilia acompañada de un ángel músico.


En la fotografía, a la izquierda la entrada a la sala de los grabados de Francisco de Goya; a la derecha la entrada a la sección del Renacimiento.


Jusepe Martínez y Lurbe es uno de los pintores aragoneses que la Historia del Arte tiene poner en el lugar que realmente merece, un pintor que llenó gran parte del período barroco en Aragón y que es clave para llenar un vacío dentro del arte en la España del Barroco.


Nació en Zaragoza en diciembre de 1600, muriendo en la misma ciudad que le vio nacer, ochenta y dos años después. Fue un hombre polifacético, pintor, grabador y escritor. Su padre, Daniel Martínez, un modesto pintor de origen flamenco (según relata su propio hijo "de nación, flamenco", le enseñó los primeros conocimientos del arte de la pintura. Tras examinarse y ser nombrado miembro de la cofradía de San Lucas de pintores de Zaragoza, su padre le envió a Italia (hacia 1620-22), con poco dinero y "formación de buen dibujante". En Italia conoció Roma, en aquella época capital del arte, donde disfrutó de la obra de artistas de la talla de Guido Reni, Domenichino (posibles maestros suyos) y Guercino. En Roma visitó los museos de escultura al aire libre, patios de palacios y las pinturas de los palacios Vaticanos, Farnesio y Farnesina; y en la Ciudad Eterna estudió grabado y dibujo, investigando la "esencia del clasicismo y el arte de pintores venecianos, florentinos y romanos". Conoció el arte de Rafael, Miguel Ángel y Carracci. También se granjeó la amistad de personajes importantes, como la del procurador general de la Merced en Roma, el aragonés fray Juan de Antillón, quien le encargó los dibujos para el libro sobre la vida de san Pedro Nolasco, que luego grabarían Juan Federico Greuter y Ciamberlano; publicado en Roma hacia 1627 (grabados que posteriormente tomaría como ejemplo Zurbarán para alguna de sus obras).


En 1625 Martínez decidió regresar al hogar "hallándome en Roma en el año 1625 ya deseoso de volverme a España, por no venir sin ver alguna parte de Italia, púseme en camino para ver la insigne ciudad de Nápoles". En ella conocerá al pintor valenciano José Ribera "El Españoleto" y su obra, que enriquecerá su formación artística.


En la fotografía podemos ver el magnífico autorretrato que se hizo pintando a su padre Daniel Martínez (década de los años 50 de siglo XVII), conservado en el Museo de Zaragoza.


En 1626 vuelve a Zaragoza, habiendo aprendido las nuevas corrientes que estaban en boga en ese momento, convirtiéndose en poco tiempo en uno de los pintores más valorados e instalándose en el antiguo taller de su padre. Se casó en 1628 con la zaragozana Ana Francisca Jenequi Alexandre, hija del afamado platero Claudio Jenequi, con la que tuvo un hijo, también pintor, Jerónimo Jusepe Bautista Martínez y Jenequi, conocido como fray Antonio Martínez, cartujo lego en la Cartuja de Aula Dei de Zaragoza.


En el año 1628, con toda la seguridad, el maestro Martínez, conoció al que posteriormente sería su mecenas, amigo y protector, el coleccionista de arte y erudito don Vicencio Juan de Lastanosa, quien le puso en contacto con intelectuales de ese momento (el cronista de Aragón Juan Fco. Andrés de Uztarroz, Gaspar Galcerán de Castro conde de Guimerá, Baltasar Gracián...). En 1634 viajó a Madrid, en donde tuvo relación con pintores de su época como Vicente Carducho, Francisco Pacheco, Alonso Cano y con Velázquez, con el que le unirá una gran amistad y cuya obra cambiará su manera de pintar, haciéndose más colorida y su pincelada más suelta. En 1642 Felipe IV visitó Zaragoza acompañado de Velázquez, quien recomendó al rey el nombramiento de Jusepe Martínez como pintor real, dándole el título en 1645, encomendándole al mismo tiempo la educación artística de don Juan José de Austria (hijo ilegítimo del rey con la actriz María Inés Calderón), al que dedicará su célebre obra "Discursos practicables del nobilísimo arte de la pintura", obra realizada hacia 1673 (dada a conocer en la segunda mitad del siglo XIX por Valentín Carderera. Tratado imprescindible para conocer sus teorías sobre el arte de la pintura y la biografía de muchos pintores de su época. El manuscrito se encuentra en el Museo del Prado). Hay que tener en cuenta que este "tratado es una de las tres grandes obras teóricas sobre pintura en la España del siglo XVII" (junto con las escritas por Francisco Pacheco y Vicente Carducho).


Nuestro insigne pintor murió en su casa de la calle de Santa Catalina de Zaragoza "en seis de enero del año mil Seiscientos hochenta y dos en la / calle de Santa Catalina murió con todos los Sacramentos / Joseph Martínez Pintor de edad de 82 años poco más /, o, menos. Se enterró en san Miguel en su capilla de San / Gerónimo..." (Libro parroquial de defunciones de san Miguel de los Navarros. Zaragoza).


La obra que hoy vamos a comentar se sitúa al lado del mencionado autorretrato pintando a su padre, en la sala dedicada al barroco. Estamos ante una pintura encargada para el convento de san Cayetano de Zaragoza y realizada hacia 1635-40, de la que no se conserva ninguna noticia documental sobre ella, está atribuida al pintor. En ella representa la visión de Santa Cecilia, patrona de la música, la poesía y de los invidentes.


La historia de santa Cecilia está basada en una única fuente en la que se habla de ella, obra, sin ningún rigor histórico, escrita hacia el año 480: son "Las Actas del martirio (Passio) de santa Cecilia". En La Passio nos habla de una joven que nació en el seno de una familia romana noble, y desde muy niña fue educada en el cristianismo. Cecilia quería dedicarse a Dios, pero sus padres la prometieron a un joven noble romano llamado Valeriano. El día de su boda, mientras cantaban y tocaban los músicos, ella interiormente cantaba a Dios, ya que había hecho voto de castidad. Al encontrarse con su marido en el tálamo, ella le explicó que se había desposado con un ángel que celosamente guardaba su cuerpo; Valeriano debía tener el cuidado de no violar su virginidad. Valeriano pidió ver al ángel. El ángel se apareció a los dos y los coronó con rosas y azucenas, Valeriano aceptó el hecho, convirtiéndose también al cristianismo, al igual que su hermano Tiburcio, cuando se enteró del suceso. Tiempo después todos ellos fueron denunciados por seguir a Cristo y fueron martirizados. Cecilia murió decapitada, tras ser cruelmente martirizada, en una fecha indeterminada, entre los años 180 y 230 d.C.


La representación de la santa como patrona de la música es la más extendida a lo largo de la historia del arte, aunque en otras obras se ven las huellas de su martirio (herida en el cuello). Las primeras imágenes representan a Santa Cecilia con una palma en la mano (símbolo de todos los mártires), pero ya desde el siglo XIV le fue asociado un órgano positivo o fijo u otros instrumentos de cuerda, con lo que se la vinculó con la Música y los instrumentos musicales.


Su patronazgo de la música se inspira en el mismo relato de "La Passio" y es probablemente el resultado de un error en la transcripción de la Actas, que están escritas en latín: "Venit díes in quo thálamus collacatus est, et, canéntibus [cantántibus] órganis, il la [Cecilia virgo] in corde suo soli Domino decantábat [dicens]: Fiat Dómine cor meum et corpus meus inmaculatum et non confundar" ("Vino el día en que el matrimonio se celebró, y, mientras sonaban los instrumentos musicales, ella (la virgen Cecilia) en su corazón a su único Señor cantaba [diciendo]: Haz, Señor, mi corazón y mi cuerpo inmaculados y no sea yo defraudada").


La palabra latina órganis es el plural de órganum, que significa "instrumento musical" se tradujo como "órgano", en vez de instrumentos musicales, dando por sentado que era Cecilia la que hacía sonar el órgano, no que Cecilia "al son de los instrumentos musicales, Cecilia invocaba a Dios: conserva mi corazón y cuerpos inmaculados". Y así a Cecilia se la conoció como patrona de la música, y a partir del siglo XV se empezó a pintar a la santa con un pequeño órgano portátil, y otros instrumentos (un clavicémbalo, un laúd, etc.). Posteriormente, en el año 1594 el Papa Gregorio XIII la nombró patrona de los músicos oficialmente.


En la obra realizada por Jusepe Martínez vemos a Santa Cecilia en su advocación como patrona de la música.


La composición es muy armónica y de gran belleza, con toques de pincel rápidos, y sutiles. La figura de la santa se sitúa en primer plano a la izquierda de la escena, compuesta con una gran exquisitez. La santa está representada como patrona de la música, los instrumentos musicales que le acompañan nos lo indican. El laúd, que descansa en el suelo y apoya en su rodilla izquierda, mientras ella contempla la visión celestial en la que un ángel mancebo está tocando el órgano positivo, dirigiendo su mirada hacia la santa.


La joven, aparece sentada, sobre un fondo de nubes con luz crepuscular. Su lujosa vestimenta hace patente su alta categoría social, pero siguiendo la moda del siglo XVII. Porta un vestido azul, adornado con lujosas joyas, dejando ver las abullonadas mangas blancas. Debajo lleva un rico vestido adamascado de tono dorado.


La luz, procedente de un potente foco situado a la derecha, en donde se encuentra el ángel, ilumina intensamente el rostro de la joven, que refleja una profunda dulzura.



Aparece Cecilia, en un estado de éxtasis, elevando su mirada hacia lo alto, en donde un bello ángel mancebo toca el órgano. Esta imagen nos lleva al relato de "Las Actas del martirio de la santa", en las que narran que cuando Cecilia fue obligada a casarse con su prometido Valeriano: "Llegó el día en el que se preparó la cama nupcial, pero, mientras sonaban los instrumentos de música, su corazón (el de Cecilia) solo cantaba para el Señor". Es un canto interior, celestial, nada tiene que ver con lo terrenal.


El rostro de santa Cecilia lo tomó Jusepe Martínez de la Artemisia que pintó Giovanni Boulanger, discípulo de Guido Reni, para los frescos del palacio ducal de Sassuolo, hecho que hace suponer que el dibujo de esta cabeza circulaba en el taller del boloñés Reni, al que con toda la seguridad acudió Martínez en su estancia en Italia.


Lo detalles están tratados con gran minuciosidad, aplicando un certero colorido, aplicado con agilidad y equilibrio tonal.


La santa abre sus brazos ante la aparición del ángel, con un ademán elegante, dejando caer sus manos con cierta languidez. Resalta la riqueza en la indumentaria, santa Cecilia lleva un rico vestido adamascado en tonos dorados que iluminan la composición, contrastando con el oscuro tono azul del sobretodo con escote ovalado, engalanado de joyas. Un toque de luz en el vestido son las abullonadas mangas blancas de la camisa, con amplios pliegues, que son visibles debajo de las mangas. En toda la obra vemos una clara influencia de la pintura italiana.


Detalle de la rica tela de seda adamascada de la falda que lleva la santa. Telas que se realizaban con finos hilos de oro y plata, en este caso decoradas con motivos vegetales.


El juego de luces y sombras están muy bien conseguidos. La luz "concede valores cromáticos y armonía a la composición del cuadro".


En el ángulo inferior derecho podemos ver en el suelo un libro de partituras (que representan la música terrenal). En muchas obras las partituras son representadas para que el espectador deduzca que está ante una obra dedicada a la santa patrona de la música.


Según las "Actas del martirio de la santa", Cecilia siempre iba acompañada por un ángel. En algunas representaciones de su historia se la presenta acompañada por un ángel que le ofrece una corona de rosas, lirios, o azucenas, símbolo de su virginidad; o una palma de martirio, símbolo de su cruel muerte. En este caso el ángel que aparece en la escena es un ángel mancebo músico que observa a la joven Cecilia, la cual dirige su mirada hacia lo alto, en donde el ángel está comenzando a tocar su celestial melodía, rodeado de un potente haz de luz (delimitando con el calor los dos espacios, el terrenal, en la parte inferior más oscura; y la parte superior, totalmente iluminada, que simboliza el celestial).


Detalle del ángel mancebo. Se trata de un bello joven con grandes alas desplegadas. En toda la pintura vemos una exquisita elegancia y un brillante cromatismo, así como un moderado tenebrismo. Apreciándose contrastes de luces y sombras atenuados, todo ello influencia de la Escuela Madrileña.


Es una delicia esta obra del maestro Jusepe Martínez; en su tiempo considerado un "hombre honrado y de mucha opinión en aquel Reino", según publicó en sus Vidas (1715-24) el pintor y tratadista Antonio Palomino; y según afirmaba el gran Velázquez "la habilidad de dicho Martínez era la mejor, que había visto en aquella tierra".


Jusepe Nicolás Martínez y Lúrbez, un pintor aragonés que merece un mejor puesto dentro del panorama artístico de nuestro país. Aquí os lo presento y, como siempre, recomendaros la visita a los museos, las exposiciones, el pasear por las ciudades y observar el rico patrimonio que nos rodea y que la mayoría de las veces queda huérfano de miradas.


Espero qué os haya gustado. Hasta el próximo vuelo.




BIBLIOGRAFÍA:


-CARDERERA Y SOLANO, Valentín, Discursos de la Real Academia de S. Fernando, Madrid, 1866, pp. 40-50.


-SEBASTIÁN LÓPEZ, Santiago, «Zurbarán se inspiró en los grabados del aragonés Jusepe Martínez», Goya, n.º 128, Madrid, 1975, pp. 82-84.


--Jusepe Martínez y su tiempo, cat. exp., Zaragoza, Museo e Instituto Camón Aznar, 1982.


-MANRIQUE ARA, María Elena, Ardáiz Iriarte, Eva, y Sánchez Urra, Itxaso, Jusepe Martínez y el retablo mayor de Santa María de Uncastillo: estudio histórico-artístico y de restauración, Zaragoza, Diputación Provincial, 2002.


-MANRIQUE ARA, María Elena, Jusepe Martínez, un pintor zaragozano en la Roma del «seicento», Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2000.


-MANRIQUE ARA, María Elena, Jusepe Martínez (1600-1682). Una vida consagrada a la pintura, Ejea de los Caballeros, Zaragoza, Centro de Estudios de las Cinco Villas, 2000.


-MANRIQUE ARA, Mª Elena: Jusepe Martínez en el panorama de la pintura aragonesa del siglo XVII. Estado de la cuestión. Zaragoza. Artigrama nº 14, 1999.


-MANRIQUE ARA, María Elena: Mentores y artistas del Barroco aragonés: el círculo de Lastanosa y Jusepe Martínez: https://ifc.dpz.es/recursos/publicaciones/28/57/10manrique.pdf


-ANSÓN NAVARRO, Arturo, «Un cuadro inédito de Jusepe Martínez en la basílica de San Lorenzo de Huesca», Aragonia Sacra, IV, Zaragoza, 1989, pp. 7-11.


-GONZÁLEZ HERNÁNDEZ, Vicente, Jusepe Martínez (1600-1682), Zaragoza, Museo e Instituto ­Camón Aznar, 1981.


-GONZÁLEZ HERNÁNDEZ, Vicente: Jusepe Martínez, pintor de S.M. Felipe IV y la Zaragoza de su tiempo (siglo XVII). Zaragoza, Cuadernos de Zaragoza, nº 7. 1976.


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