Monasterio Cisterciense de Santa María de Huerta (Soria).


En la comarca soriana de la Tierra de Medinaceli, justo en el límite sur de la provincia de Soria con la de Zaragoza, en plena vega del río Jalón, encontramos este precioso lugar, que podemos contemplar desde la Autovía del Nordeste entre los pK 176 y 181.


La localidad surgió a la sombra del monasterio cisterciense de Huerta, el único de este estilo en la provincia soriana, en el que aún habita una comunidad de monjes bernardos.


La historia del Cister comienza en 1115, año en el que san Bernardo fundó los monasterios de Clairvaux y Morimond, obteniendo la confirmación de la regla de la nueva Orden por el Papa Calixto II en 1119. Cuando se funda la Orden del Cister, la Orden existente, la del Cluny, había relajado las costumbres religiosas, por ese motivo la pretensión de la nueva Orden era volver a las antiguas normas, al voto de pobreza, castidad y obediencia, rechazando el lujo con el que vivían los cluniacenses.


Poco a poco se fueron extendiendo desde la Borgoña francesa por toda Europa, llegando a España en 1140, siendo el primer monasterio cisterciense el de Fitero (Navarra). Con la llegada del Cister un nuevo estilo arquitectónico comenzó a desarrollarse en la primera mitad del siglo XII, aunque será en la segunda mitad del siglo XII cuando alcanzó su apogeo.


La Orden del Cister perseguía la restauración de los votos de pobreza, obediencia y castidad, que habían sido abandonados por los cluniacenses, así como la vuelta a las normas más firmes que había planteado san Benito: "Ora et labora", siguiendo una disciplina más férrea. En un monasterio cisterciense existían dos clases de religiosos: los monjes o profesos, provenientes de la nobleza, los cuales iban vestidos de blanco y totalmente rasurados, quienes se ocupaban de los trabajos intelectuales y organizativos; y los conversos, que procedían del pueblo llano, estos, a su vez, iban vestidos con túnica blanca y escapulario negro, llevaban barba, y se ocupaban de los trabajos más duros (el campo, el ganado, herrería, molino, etc.), se obligaban al voto de pobreza, castidad y obediencia, y aunque no tomaban parte del oficio divino, si realizaban rezos en determinadas horas. En un principio eran muy numerosos, pero con el tiempo los monjes tuvieron que contratar asalariados para hacer determinados trabajos.


Desde la mencionada Autovía podemos vislumbrar la joya de Santa María de Huerta, el monasterio cisterciense, declarado Bien de Interés Cultural en 1882.


La arquitectura cisterciense comenzó a desarrollarse en la primera mitad del siglo XII, alcanzando su apogeo en la segunda mitad del siglo XII, en un proceso paulatino, por ese motivo los edificios más antiguos están relacionados con el románico y los más tardíos con el gótico. El verdadero modelo arquitectónico a seguir, en la mayoría de las construcciones cistercienses, fue el monasterio de Clairvaux. San Bernardo en sus Epístolas critica el lujo llevado a cabo por los monjes cluniacenses que llenaron sus iglesias de pinturas y esculturas que distraían a los monjes en sus oraciones. En la "Carta de Caridad" de Etienne Harding, abad de Pontigny, plasma el espíritu cisterciense: "Prohibimos la escultura y la pintura tanto en nuestras iglesias como en cualquier otra oficina de nuestro monasterio". Por ello el arte cisterciense es sobrio, austero, no encontramos pinturas (las existentes son posteriores), la decoración escultórica es muy escasa, y el edificio representativo es el monasterio.


La historia de este monasterio se remonta al reinado del rey castellano-leonés, Alfonso VII, quien, tras la conquista de la ciudad de Coria y para cumplir la promesa dada de erigir un monasterio si ganaba esa plaza, y establecer lo que se llamó la Frontera de Dios. Escogió el lugar de Cántabos (a unos quince kilómetros de Huerta), término de Fuentelmonje y muy próximo a Almazán, para construir un monasterio de monjes cistercienses.


Los monasterios cistercienses eran construidos en parajes naturales alejados de núcleos urbanos, ya que san Bernardo invitaba a los monjes a vivir apartados del mundo. El cenobio fue habitado por una comunidad de monjes cistercienses de la abadía francesa de Berdoues (Gers-Gascuña francesa), filial de Marimond. Durante la etapa de Cántabos dos abades rigieron el cenobio, Rodulfo, el fundador; y Blas; durante su abaciado entró en la comunidad un personaje que será muy relevante para la comunidad: Martín de Finojosa, como luego veremos. Con el tiempo los monjes descubrieron que el lugar elegido no era el adecuado, ya que la escasez de agua potable y la malas cosechas obligaron a buscar otra ubicación menos inhóspita.


En el año 1162 se trasladaron a Huerta, un lugar situado en la vega del Jalón, conocido por sus fértiles tierras, donadas por doña Sancha, mujer de Miguel de Finojosa, Señora de Boñices, emparentada con la casa real de Navarra, y madre de don Martín de Finojosa, quien se convertirá en el primer abad de Huerta, y principal impulsor del monasterio. Tal y como podemos leer en la documentación existente: "Yo, doña Sancha, mujer de Miguel de Finojosa, dono a Dios, a la Bienaventurada María de Cántabos, al Abad don Blas, a sus sucesores y a la Orden Cisterciense, mi hijo Martín, para que allí sirva siempre a Dios y a todos los Santos, según la regla de san Benito, Abad, y las constituciones de la Orden del Cister... Además, dono a Dios,... aquella villa que llaman Boñices, con todo su término, pastos, tierras y salidas"... (abril de 1158).


Martín de Finojosa nació en la localidad soriana de Deza hacia 1140 y falleció en Sotoca de Tajo (Guadalajara) en 1213. Ingresó como monje en Cántabos en 1158, siendo nombrado abad entre 1166 y 1191, año en el que fue elegido obispo de Sigüenza, ejerciendo su cargo durante un año, renunciando a él para regresar nuevamente a Huerta en 1192. Por su labor fue canonizado en la segunda mitad del siglo XVIII, tomando el nombre de san Martín de Finojosa.


Poco a poco el lugar comenzó a crecer, ya que alrededor del monasterio se establecieron campesinos que se pusieron bajo el amparo del mismo. Varias etapas constructivas, a través de los siglos, han conformado el espectacular conjunto, en el cual se unen el estilo cisterciense, con el gótico, el renacentista y el barroco.


No hay que olvidar que los monasterios cistercienses llegaron a convertirse en verdaderos centros de poder religioso, económico y social, recibiendo donaciones de la realeza y de la nobleza, ya que numerosos miembros de estas poderosas familias pertenecían a la Orden.


Grandes impulsores del monasterio fueron Alfonso VIII, rey de Castilla, y el abad del cenobio, don Martín de Finojosa, quienes colocaron la primera piedra el 20 de marzo de 1179, según parece siguiendo el proyecto del maestro de la catedral de Sigüenza. El monasterio tuvo la protección de los reyes castellanos y aragoneses, al estar en la frontera de ambos reinos, también de personajes ilustres como el arzobispo de Toledo y obispo de Osma don Rodrigo Ximénez de Rada, quien hizo importantes donaciones al cenobio (incluida su biblioteca), siendo enterrado en él. Todos ellos están también relacionados con la construcción de la catedral de Sigüenza y de Cuenca, así como de la introducción del primer gótico del norte de Francia en la península.


Durante el siglo XII el monasterio pasó por un momento de gran esplendor, con posesiones en Soria, Burgos, Zaragoza, Cuenca, Guadalajara, León, etc., todas donaciones de reyes y nobles castellanos y aragoneses. Durante la segunda mitad del siglo XIII su poder comenzó a declinar, extendiéndose a lo largo de los siglos XIV y XV.


Durante la segunda mitad del siglo XIV el monasterio sufrió con la Guerra de los dos Pedros (Pedro el Ceremonioso de Aragón y Pedro el Cruel de Castilla), al ser un monasterio de frontera, sufriendo una notable etapa de decadencia que fue superada hacia 1498 cuando el cenobio se unió a la Comunidad Cisterciense de Castilla (en 1425 ante la relajación de la disciplina monástica se creó esta congregación para recuperar la antigua Regla benedictina), esto trajo consigo otra época de esplendor, entre los siglos XVI al XVII, para el monasterio.


En el siglo XVI, bajo la protección de Carlos I y Felipe II, se amplió el conjunto monástico (coro de la iglesia, órgano, galería superior plateresca del claustro gótico y el claustro de la hospedería). Volviendo a decaer en el siglo XVIII y XIX, por conflictos políticos y bélicos. La expulsión de los jesuitas, la revolución francesa y algunas inundaciones que acaecieron en el monasterio, perjudicaron en gran medida a la comunidad.


Los monjes en el siglo XIX fueron expulsados en diferentes ocasiones. Finalmente, con motivo de la Desamortización de Mendizabal en 1835, todos los bienes del monasterio fueron confiscados, teniendo que abandonar los monjes el lugar. Tras pasar por diversos propietarios, gran parte de las posesiones de la Orden fueron adquiridas por doña Inocencia Valle Serrano y Cerver, quien casó en 1871 con Enrique de Aguilera y Gamboa, XVII marqués de Cerralbo (precursor de la arqueología científica en España), estableciendo en Santa María de Huerta su residencia de verano junto a las antiguas caballerizas, evitando la ruina del monasterio. La heredera de todas estas propiedades en 1900 fue Amelia del Vallés y Serrano, II marquesa de Villa-Huerta, hijastra del marqués de Cerralbo, quien en 1922 donó el monasterio a una comunidad de monjes de la Orden Cisterciense de Viaceli de Cantabria , comenzando su singladura en 1908 con un grupo de monjes provenientes de santa María del Desierto de Francia, residiendo desde 1930 en el monasterio.


Actualmente la comunidad está formada por monjes cistercienses de la rama que fue constituida en 1892, llamada la Orden Cisterciense de la Estrecha Observancia, seguidores de la Regla de san Benito. Son unos dieciséis monjes y una fundación, que tiene la base en el monasterio de Nuestra Señora de Sión (en las afueras de Toledo). También se ha creado la Fraternidad de Laicos Cistercienses, que participan en la vida de este monasterio.


Hoy en día la principal fuente de ingresos del monasterio es la fábrica de mermeladas, abierta en el año 1992, trabajando toda la comunidad en ella, realizan treinta y cinco sabores de mermelada.


Muralla del conjunto monástico.


Todo el conjunto monacal, bajo la advocación de la Virgen de las Navas en honor a la batalla de las Navas de Tolosa, está rodeado por una muralla que servía no solo para defensa, sino también para aislarlo del mundo exterior, gran parte de los muros que existían y algunos cubos almenados de su muralla se conservan actualmente (ocho cubos). Estos torreones fueron realizados en tiempos de Felipe II (en uno de ellos se puede ver el escudo Imperial).


Portada de acceso al conjunto monástico.


Al recinto se accede a través de una gran portada en el lado occidental del conjunto, enfrente a la de la iglesia. Fue realizada en el siglo XVI. Se abre en arco de medio punto flanqueado por columnas toscanas, que cobijan dos hornacinas, en las que se cobijaban las esculturas de san Benito y san Bernardo. Sobre este arco un friso con la siguiente inscripción: "CHRISTO REDEMPTORI MARIAE DEIPARE ET CATHOLICO FUNDATORI A. 1177" (la portada está dedicada a Cristo Redentor, a María y al fundador, el rey Alfonso VIII, y la fecha es la toma de Cuenca por el monarca).


Por encima del arco un frontón triangular en el que se cobija la imagen de la Virgen, flanqueada por las armas de España imperial y la Congregación de Castilla. Y en los extremos dos columnas jónicas. Sobre este cuerpo otro frontón de líneas curvas, en cuyo centro está tallado el jarrón de azucenas (símbolo de la pureza de la Virgen), escudo de Huerta, realizado en 1785 por fray Mariano Izquierdo. Remata todo el conjunto la imagen del Sagrado Corazón, escultura de 1941.


Plaza del monasterio.


La puerta de entrada da acceso a una gran plaza, en la cual se disponían diversas dependencias monacales; tal y como expresa la Regla de san Benito, 66, 6: "El Monasterio, en lo posible, deberá construirse de manera que todas las cosas necesarias, como el agua el molino el huerto, estén dentro de su recinto, y que también se puedan ejercer en él los diversos oficios, a fin de que los monjes no tengan necesidad de salir fuera, lo cual en modo alguno favorecerá a sus almas". Por ese motivo en esta gran plaza se ubicaba un horno de cerámica, la portería, el cuarto del pan, el cuarto de baño, el cuarto de la teja, la carretería, el granero, etc.


En el siglo XVI se construyó la hospedería, donde hoy residen los monjes y se usa como hotel, y otras dependencias del monasterio. Actualmente es por donde, hoy en día, se accede al monasterio para visitarlo.


En esta gran plaza se realizaron dos excavaciones arqueológicas en los años 1982 y 1984, descubriéndose canalizaciones y restos de antiguas edificaciones.


Fachada de la iglesia.


En esta extensa plaza también se abre la portada principal de la iglesia. Esta fachada occidental es de gran belleza. En las excavaciones realizadas en 1982-84 en el monasterio se descubrió que delante de ella existía un nártex porticado que fue destruido en 1581, del que se conserva algún resto. A la derecha se puede ver que existía otra portada, en arco apuntado, hoy en día cegada; y a la izquierda existía otra puerta que fue tapada por la construcción que se realizó en el siglo XVI y que oculta media portada, esta construcción es el claustro de la hospedería, que luego veremos. También en la portada se puede observar restos de policromía del siglo XVI.


Portada de la iglesia.


La portada está formada por seis arquivoltas apuntadas, cada una con diferentes motivos geométricos (boceles, dientes de sierra, angrelados). El guardapolvos ornado con puntas de diamante.


Arquivoltas portada de la iglesia.


Detalle de la decoración de las arquivoltas. En el intradós de la portada se puede leer en una inscripción: "Domus mea domus orationes vocabitur" (Mi casa será llamada casa de oración).


Rosetón de la portada de la iglesia.


Sobre la portada se abre un gran rosetón, que estuvo años cegado, siendo restaurado en 1965 respetando su estructura original. Presenta cuatro círculos concéntricos, los exteriores tiene decoración con puntas de diamante; y en los interiores, vemos arcos de medio punto en cuyas enjutas se abren arquillos trilobulados y rombos. Del círculo más pequeño, con forma de sol, salen doce columnillas.


Cabecera exterior de la iglesia.


El sistema empleado es el conocido como "de muros compuestos". El ábside semicircular está formado por cinco esbeltos arcos ciegos de medio punto que enmarcan el muro en sí y "se prolongan sobre contrafuertes de sección rectangular adosados al muro". En los brazos del crucero y en los absidiolos se utiliza el mismo sistema, sistema que no fue empleado en ningún otro monasterio de la península, aunque si se encuentran ejemplos en algunas iglesias de la zona de Burgos.


Los vanos que vemos en el ábside solo es original el central, los restantes fueron cegados cuando se colocaron los retablos barrocos que hoy ocupan estas capillas, y abiertos otros en la zona inferior de cada uno de ellos (aún se observan las huellas de los originales). Alrededor del tejado vemos una serie de canecillos (modillones de rollo). En el brazo norte del crucero vemos una torre cuadrangular.


El recorrido de la visita turística está compuesto por tres grandes bloques: la Iglesia, dos claustros y las dependencias del monasterio. Cuatro estilos: románico, gótico, plateresco y herreriano, que se suman en uno solo caracterizado por su austeridad: el cisterciense. En el plano (fotografiado in situ) podemos ver las partes que forman este magnífico monasterio:


1-Claustro herreriano (por donde se inicia la visita), realizado entre 1582-1630).

2-Sotocoro de la iglesia, sepulcro de Ximénez de Rada (vacío), siglos XIII-XIV.

3-Reja del sotocoro, del siglo XVIII.

4-Organo de la iglesia, del siglo XVII.

5-Iglesia, comenzada en 1179.

6-Capilla Mayor, con pinturas del siglo XVI, retablo del siglo XVIII.

7-Sacristía, antigua sala capitular del claustro, realizada en el siglo XVII.

8-Claustro gótico, construido en el siglo XIII.

9-Sala capitular, parte exterior.

10-Escalera real, antiguo calefactorio, concluida en 1600.

11-Jardín claustro, con el claustro gótico y el plateresco.

12-Refectorio de los monjes, del siglo XIII

13-Cocina, siglo XIII.

14-Refectorio de los conversos, siglo XII.

15-Cilla, siglo XII.


Claustro gótico o claustro de los Caballeros.


Todo monasterio se estructura alrededor del claustro, eje de la vida de la comunidad, sirve de zona de meditación y lectura, a través de él se comunican las diferentes dependencias del monasterio. El claustro es la representación de la Jerusalén celestial; la palmera es el símbolo del monje que tiene los pies en la tierra, pero sus ojos ven el cielo abierto donde está Dios; en el claustro se juntan el cielo y la tierra. El claustro suele tener planta cuadrada, y está compuesto por cuatro galerías: en el ala este o del Capítulo, se sitúa la sala capitular (la sala claustral más importante), el armarium (para guardar los libros sagrados de lectura obligada para los monjes), el locutorio y la sala de los monjes. El ala norte o "del mandatum o de la lectura", corre paralela a la iglesia, donde los monjes se sentaban en un banco corrido y leían. La galería sur, donde encontramos la zona de servicios: el refectorio, dispuesto perpendicular al claustro, el calefactorio y la cocina. En el piso superior y en la panda del capítulo se solía encontrar el dormitorio de los monjes, comunicado con el claustro por la escalera de día y con la iglesia por la escalera de maitines que desembocaba en el crucero para acceder directamente para la oración nocturna. Y el ala oeste o galería del trabajo, en la que encontramos el callejón de conversos, que se comunicaba con la iglesia, la cilla y las bodegas.


El claustro gótico o claustro de los Caballeros y el claustro plateresco.


El claustro de Santa María de Huerta conocido también como claustro de los Caballeros, porque en él, tras la orden de permitir enterramientos laicos en los cenobios cistercienses, este claustro fue panteón de familias nobles tanto castellanas como aragonesas. Entre los que encontramos a los condes de Molina, la familia Medrano, los Montuenga. Todo por agradecimiento de los monjes a estas familias que ayudaron a la comunidad. Con el Cister el claustro recuperó la función funeraria que ya tenía con la Orden del Cluny, redactando epitafios para identificar las sepulturas.


El claustro consta de dos pisos, el inferior realizado, como ya hemos dicho en el siglo XIII en estilo gótico. Formado por galerías que se abren a un patio central a través de grandes arcos apuntados, muchos de ellos cegados. En 1659 se remodelaron los vanos que comunican las galerías y el patio del claustro, añadiéndose también arcos de medio punto sobre los que se abrieron óculos. En 1768 se cerraron la parte inferior de estos vanos, tal y como lo podemos contemplar hoy en día.


Sobre éste claustro gótico se elevó un segundo piso entre 1531-33 en estilo plateresco, por el cual se accede a la biblioteca del siglo XII (hoy decorada al estilo del siglo XVII).


Detalle del claustro plateresco.


El segundo piso, es de estilo plateresco, realizado en el siglo XVI (entre 1533-1547), y atribuido al taller de la catedral de Sigüenza, y a Alonso de Covarrubias, siendo, junto al construido en el palacio de Peñaranda de Duero en Burgos, los únicos de este estilo que se conservan. Este claustro es inseparable de la obra del coro alto de la iglesia y el sotocoro.


El claustro superior se abre al patio mediante arcos carpaneles que apoyan en columnas con capiteles, decorados con temas mitológicos o fantásticos, angelotes y vegetales. En las enjutas de los arcos se presentan diversos personajes, que dan nombre a cada una de las galerías de este claustro: la de los reyes (a partir de Enrique I); la de los apóstoles, la de los caudillos militares; y la de los profetas.


En la fotografía vemos los relieves de san Pedro y san Pablo y en el centro la cruz triunfante sobre la muerte, simbolizada por la calavera, situados en el ala oriental del claustro plateresco.


Medallones con los retratos de don Rodrigo Ximénez de Rada y del rey Alfonso VIII.


Situados en la balaustrada en el ala occidental, en donde se ubican los fundadores del monasterio.


Galería interior del Mandatum, a la derecha; y a la izquierda la galería de conversos.


A la derecha vemos el ala del mandatum, que conduce hacia la puerta de los monjes de entrada a la iglesia (al fondo a la derecha). A la izquierda la galería de conversos.


El claustro de Santa María de Huerta está situado en el lado norte de la iglesia. Se abre al patio central por medio de grandes arcos apuntados. Cubriéndose sus galerías con bóvedas de crucería simple, con rosetones decorados en sus claves. Los plementos de las bóvedas apoyan en grandes ménsulas adosadas en los muros.


La galería está formada por gruesos contrafuertes y arcos apuntados, que en la reforma llevada a cabo en el siglo XVI se modificó su estructura. Se construyeron muros sobre los que se abrieron vanos semicirculares, rematados por óculos y arcos apuntados, como ya hemos comentado con anterioridad.


En todo el claustro domina la sobriedad. En capiteles, en las columnas truncadas, en las claves de las bóvedas, vemos una decoración con motivos vegetales. La única decoración existente en él fueron los treinta y cuatro óleos que se colocaron en el siglo XVII en cada arcada de los muros interiores, de los que solo se conserva uno en el ángulo nor-occidental.


Galería del Mandatum.


Corre paralela a la iglesia, cuya puerta de entrada se vislumbra al fondo a la derecha, que es por donde accedían los monjes desde el claustro a la iglesia. A este claustro también se le conoce como el claustro de los Caballeros, porque en él quisieron ser enterrados numerosos nobles. Desgraciadamente solo se conservan, como luego veremos, los de la familia de los Condes de Molina y la de san Martín de Finojosa.


Puerta de entrada a la iglesia.


La iglesia es un elemento importantísimo en el conjunto abacial cisterciense, a él acude la Comunidad siete veces al día. La vida monástica se asienta en cuatro pilares: la lectio divina o lectura meditada de las Sagradas Escrituras (la magnífica biblioteca fue dispersada tras la Desamortización); la liturgia ; la comunidad; y el trabajo.


Todo está concebido para que el monje no se distraiga de su dialogo con Dios. San Benito concibe la iglesia monástica como un oratorio. Los cistercienses siguen ese mandato, sus iglesias son verdaderos "talleres de oración", donde nada puede distraerles, son templos donde la sobriedad está presente. La espiritualidad de los monjes se fundamenta en el silencio, en la oración y la armonía consigo mismo y con Dios. Las horas litúrgicas, siete veces como hemos comentado, marcan la vida del monasterio, vida que comienza con la Vigilia a las cinco de la mañana y termina con el rezo de Completas, a las nueve de la noche.


La primera piedra del monasterio, según la documentación, fue colocada por Alfonso VIII el 20 de marzo de 1179, aunque los monjes ya llevaban en Huerta desde el año 1162. Por ese motivo muchos historiadores piensan que el acto realizado en 1179 fue más bien simbólico, y que el conjunto ya había sido comenzado anteriormente. Datando la cabecera de la iglesia, crucero, muros y fachada de la misma en el último cuarto del siglo XII y principios del siglo XIII, continuando la obra poco a poco.


Nave central de la iglesia, al fondo el altar mayor.


Siguiendo el planteamiento general de las iglesias cistercienses, el templo de Huerta tiene planta de cruz latina con tres naves de cinco tramos, transepto destacado en planta y cinco capillas absidiales, la central es la única semicircular y cubierta con bóveda de crucería de triple nervadura. Las restantes tienen testero plano. Todo se desvirtuó con las remodelaciones de los siglos XVII y XVIII.


Los primeros tres tramos de la nave principal se cubren con bóvedas de terceletes, el resto de la nave con bóvedas de crucería, cuyos nervios apoyan sobre gruesos pilares que son sostenidos por ménsulas de rollo.


Nave central de la iglesia, al fondo el coro alto y el rosetón de la portada principal.


En origen el coro estaba situado en el centro de la nave, en donde se reunían los monjes. El coro era considerado el corazón del monasterio, ya que la música es un elemento importante en la vida de todo cenobio. En el siglo XVI se trasladó el coro a los pies de la iglesia, situándolo en alto, colocando en él la sillería de nogal de finales del siglo XVI.


También destaca el órgano barroco del siglo XVII, con rica policromía, encargado por Fray Pedro de Oviedo. La entrada al coro se realiza a través de la galería sur del claustro alto plateresco.


Muros de la nave central de la iglesia.


Las naves están separadas por arcos de medio punto y apuntados, según la época de construcción, así como por gruesos pilares y ménsulas de rollo, en las que apoyan los arcos formeros. En la parte superior se abre un claristorio, con vanos de medio punto.


Los primeros tramos de las naves laterales, de menor altura que la central, se cubren con bóvedas de lunetos, aunque en origen fueron de crucería, pero en 1632 el abad fray Manuel de Cereceda las hizo modificar.


Brazo sur del transepto de la iglesia.


En él se abre una puerta en arco de medio punto que da paso a la capilla del Relicario, obra del siglo XVIII. También se encuentran en esta zona los sepulcros románicos de la familia Finojosa.


Brazo norte del transepto de la iglesia.


En la zona inferior vemos la puerta que da acceso a la sacristía; a la izquierda la escalera que conducía a los antiguos dormitorios de los monjes que ocupaban la galería este del claustro plateresco; así como a la torre campanario.


Sistema de cubrición de la iglesia.


En los primeros tramos de la nave central se observan bóvedas de terceletes, el resto de la nave y el transepto se cubren con bóvedas de crucería. Los primeros tramos de las naves laterales lo hacen con bóvedas de crucería y el resto con bóvedas de lunetos.


Presbiterio.


La cabecera de la iglesia tiene ábside semicircular, precedido por un tramo recto, y cuatro absidiolos (de forma rectangular al exterior) Todo el conjunto se cubre con bóveda de crucería de triple nervadura.


Retablo Mayor.


El ábside está cubierto por el gran retablo mayor de estilo barroco, realizado por el artista de Calatayud, Félix Malo en 1766, y dedicado a la Asunción de la Virgen, patrona del Cister, cuya escultura lo preside, flanqueada por santos de la Orden: san Benito, autor de la regla del Cister; san Raimundo de Fitero, fundador de la Orden de Calatrava; san Bernardo, figura principal del Cister; y san Pedro de Castronovo. Acompañados por los arcángeles, san Miguel, san Rafael y san Gabriel. En la clave vemos el escudo del monasterio y las armas de España.


Flanqueando al retablo mayor, están colocadas las urnas de mármol de Calatorao, con los restos, en el lado del Evangelio, del obispo Jiménez de Rada; y en el lado de la Epístola, los del abad Martín de Finojosa, trasladados a este emplazamiento a mediados del siglo XVII. También a ambos lados encontramos los sepulcros (hoy vacíos) de los duques de Medinaceli, de 1632.


Pinturas de la bóveda del presbiterio.


Todo el presbiterio está decorado con frescos realizados en 1580, representando la Batalla de las Navas de Tolosa, con las figuras del rey Alfonso VIII y el arzobispo don Rodrigo, obra realizada por el genovés Bartolomé de Matarana.


En la bóveda cuatripartita están representados los cuatro Evangelistas acompañados de sus símbolos.


Capilla de María Magdalena.


Las capillas absidiales están decoradas con retablos barrocos, y dedicadas a san Miguel, san Pedro (en el lado del Evangelio), y a san Martín y a María Magdalena (en el lado de la Epístola). Os pongo la más interesante que es la de la Magdalena, en donde podemos observar los restos de pinturas murales góticas.


Es la capilla derecha del crucero, y en la reforma llevada a cabo en 1970 se descubrieron una serie de frescos en donde podemos ver el viático de san Benito, un Pantocrátor, dos anunciaciones, el Cireneo, la Magdalena y Cristo resucitado.


Reja de separación de la clausura.


Para evitar el contacto entre los monjes y los conversos la nave central de la iglesia estaba dividida en dos partes. En la más próxima al transepto se situaba el coro de los monjes (en el siglo XVI se construyó un nuevo coro en alto a los pies de la nave); y en la zona al lado de la portada de la iglesia (al fondo de la fotografía), en los pies, estaba la de conversos. Un muro separaba ambas zonas, para que ninguna de las dos comunidades se relacionara. Este muro no se conserva en los actuales monasterios, ya que fue sustituido por una verja.


En Huerta podemos ver la magnífica reja que separa el cuerpo de la nave del sotocoro. Fue encargada por el abad Fray Felipe García en 1776. Se trata de una magnífica obra de hierro y bronce, dorada a fuego, realizada por Fray Mariano Fernández. Se apoya en un zócalo realizado con jaspe y taracea de mármol negro. La parte central se decora con los escudos de Huerta y de la Congregación de Castilla, en la parte superior la corona Imperial y en la inferior, el toisón de oro. En las rejas laterales se grabaron las cruces de las órdenes militares de Calatrava y de Alcántara.


La iglesia desde el sotocoro.


Como hemos comentado anteriormente, en la iglesia, como en el cenobio, los monjes y los conversos no podían estar juntos. Bajo el coro se situaban estos últimos, separados de los monjes por la citada reja.


Sotocoro.


El sotocoro está sustentado por una preciosa bóveda nervada con terceletes combados. En este espacio, que ocupa dos tramos de la nave, se encuentra el sepulcro vacío (XIII-XIV) del arzobispo don Rodrigo Ximénez de Rada, cuyos restos hoy se encuentran flanqueando el altar mayor, junto con los de su tío san Martín de Finojosa. También en esta zona encontramos varios retablos barrocos.


Puerta de entrada de los conversos al templo.


En el llamado pasillo de conversos, se abre la puerta por donde accedían estos a la nave de la Epístola de la iglesia, a los pies del templo. Los monjes entraban a la iglesia por la misma nave de la Epístola, pero por la cabecera. De esa manera no existía ningún contacto entre ambas comunidades.


Sacristía.


Esta estancia, de planta rectangular y dos tramos, es la antigua sala capitular del claustro gótico que se convirtió en la sacristía del templo en el siglo XVII. De la primitiva sala capitular solo se conservan la parte exterior y los ventanales. En el frente vemos el retablo de la lapidación de san Esteban, de autor anónimo y copia de Giulio Romano.


Esta estancia la comenzó a construir Fray Mateo de la Nava (1599-1602), destruyendo (desgraciadamente) la sala capitular del claustro gótico y el dormitorio de los monjes.


Galería exterior del capítulo.


Situada en el lado este, en ella se encontraba la sacristía, la sala de profundis, el armarium, la sala capitular, la escalera de acceso al dormitorio, la sala de monjes y las letrinas.


Galería interior del capítulo.


El claustro gótico ya hemos comentado que se ha denominado también el claustro de los caballeros, porque en él quisieron ser enterrados personajes influyentes que ayudaron a la grandeza del monasterio.


En el lado este, junto a la puerta de los monjes por la que se accede a la iglesia, podemos ver varios arcosolios que sirvieron de panteón a personajes que tienen relación con el cenobio de Huerta. En el año 1777 el gran viajero Antonio Ponz visitó el monasterio y en su relato comenta que en esta zona encontró unas tablillas (seguramente escritas por los monjes en el siglo XVII), en las que describen las condiciones que deben cumplir los caballeros castellano-aragoneses que querían recibir sepultura en el monasterio: "...no se debe enterrar ninguno, si no fuere persona de grande estado, ó que muera en pelea de Moros, y que herede, y dé algunas posesiones al Monasterio. Y los Condes, y ricos homes que estan enterrados en este claustro, era costumbre que traian con su cuerpo un dosel de oro, ó de seda para poner sobre su sepultura, y el caballo, ó muja en que venia se quedaba para el Monasterio, y su cama para la enfermeria y una taza, ó copa de su aparador habia de traer, y traian para un caliz; y de esta manera se enterraban todos los Caballeros que estan en este claustro, y ansí se han de enterrar los que aquí escogieran sepultura".


Aunque se sabe que en él se enterraron a miembros de las familias más afamadas de la nobleza castellana-aragonesa, el lugar donde fueron sepultados, hoy en día no se sabe con certeza, ya que a lo largo de los tiempos, tras las sucesivas rehabilitaciones del edificio, muchos de los restos fueron trasladados de su lugar de origen.


Tumba de Pedro Manrique, conde de Molina. Antiguo armariolum o armarium.


El primer hueco que encontramos al lado de la puerta de entrada a la iglesia, fue en origen el armariolum o pequeño nicho excavado en el muro provisto de baldas donde se custodiaban los manuscritos o códices que utilizaban los monjes todos los días para leer y que no podían sacar del claustro. Está formado por un arco de medio punto, en el que se abre un óculo, y en el que se inscriben dos apuntados, que son sustentados por tres columnas con capiteles de crochets. Este espacio sirvió de enterramiento a Pedro de Manrique, conde de Molina, tal como consta Ponz: "En el paño del claustro de poniente se lee que allí yace don Pedro Manrique, conde de Molina y su mujer doña Sancha, hija del rey de Navarra, bisnieta del gran Rui Díaz de Vivar (el Cid Campeador)..."


Al fondo del nicho vemos una inscripción: " LUX PATRIAE CLIPEUS POPULI GLADIUSQUE MALORUM SUB PETRA PETRUS TEGITUR COMES INCLITUS ISTA. OBIIT IIII IDUS I ERA MCCXL (1202): "Bajo esta piedra yace el inclito conde Pedro, luz de la patria, protección del pueblo y espada de los malvados. Murió el 10 de enero de 1202".


Panteón de los condes de Molina.


El siguiente enterramiento está formado por un arco muy apuntado, que "cobija un gran óculo y doble arquillo trilobulado sobre columnas y capiteles". En su interior se pueden vislumbrar pinturas murales de época posterior.


En él fueron enterrados otros miembros de esta familia Molina, y según Ponz: "Inmediato a la entrada de la iglesia se lee: "Aquí yace el Conde don Almerique, conde de Molina y vizconde de Narbona, hijo del conde don Pedro y de la infanta Doña Sancha..."


Parte exterior de la sala capitular.


La sala capitular era el lugar en donde se reunían los monjes con el abad para solventar los asuntos importantes de la comunidad. En todas las reuniones se comenzaba leyendo un capítulo de la Regla de san Benito (de ahí el nombre de capitular), pasándose a debatir los asuntos del monasterio; también se realizaba la exposición de las faltas que cada monje había cometido, imponiéndose castigos y penitencias.


Parte exterior de la sala capitular.


Se accedía a ella a través de una portada con tres arcadas abocinadas y apuntadas, siendo la central el acceso y las laterales ventanas. Esta sala fue suprimida en tiempos del abad fray Mateo Nava (1599-1602), cuando se convirtió ese espacio en sacristía de la iglesia. De la estancia originaria se conserva la fachada que da al claustro (a la galería del capítulo). En el centro se ve el perfil de la puerta de entrada, cegada, flanqueada por dos vanos, también cegados y reutilizados como lugares de enterramiento. Pero podemos adivinar que tenía planta cuadrada con cuatro columnas centrales que sostenían una bóveda de crucería de nueve tramos.


Sobre la sala capitular se situaba el dormitorio de los monjes, que también fue suprimido por el abad fray Mateo Nava en el siglo XVII. Esta sala fue costeada por el hermano del abad san Martín de Finojosa, don Nuño Sancho; y por el sobrino de ambos el arzobispo de Toledo, Rodrigo Ximénez de Rada.


Ventana sala capitular. Epitafio sepulcral de fray García de Bera (1265).


En uno de los vanos cegados de lo que era sala capitular podemos leer una inscripción sepulcral, que hace referencia a don García de Bera, fallecido en 1265, hijo de Pedro de Bera. Era un caballero que había combatido en la reconquista a las órdenes del rey Jaime, tomando el hábito en el monasterio en 1255, a la edad de cincuenta años.


En la parte superior vemos una inscripción en latín (copia de la original) que traducida viene a decir: "Intento componer estos para García de Bera,/gracias al cual aumentaron considerablemente tanto/el prestigio de los caballeros como el cultivo de la/sabiduría. Fue magnánimo para con los grandes y/enemigo enconado para sus enemigos. Y, como/sabes, cual oveja mansa entre los corderos, confiado/a los consejos de paz, en tiempo de guerra aprendió/a soportar la adversidad lo mismo que se mantenía/sereno cuando no le faltaban ni alimento ni vestido./Sus recuas de mulos, caballos y asnos dan/testimonio del poderío que alcanzó este hombre./Desterrada toda malvad y arrepentido de corazón,/ingresó en la vida monástica. Ruge en esta tumba un/fiero león y una tierna paloma: fiero león para los/lascivos y tierna paloma, en cambio, para los/ débiles. Así pues tu, oh Cristo dígnate interceder/ante el Padre para que este león no sufra/aterrorizado ante el Señor. Falleció García de Bera/el 16 de julio del año del Señor 1265. "


Ventana sala capitular.


En este arco podemos ver el escudo que utilizó la Congregación Cisterciense de Castilla: una banda doble de escaques atravesando el campo y un báculo colocado en palo por detrás del escudo, heráldica perteneciente a la familia de san Bernardo. Es uno de los primeros emblemas que esta Congregación utilizó tras su formación. Recordemos que el monasterio entró a formar parte de ella en 1469.


Puerta de entrada a la sala de Profundis.


Sala donde los monjes cantaban salmos antes de cada comida, y donde eran expuestos y velados los cadáveres de los monjes antes de ser enterrados. Fue construida en tiempos del abad fray Mateo Nava (entre 1599-1602).


Galería septentrional exterior del claustro gótico. Al fondo arco que comunica con el refectorio.


El claustro tiene una concepción simbólica, es como el paraíso en la tierra. Es la representación de la Jerusalén celestial, en cuyo centro se sitúa la fuente, agua de la vida, de la que parten los cuatro ríos que narra el Génesis que existían en el Jardín del Edén y que representan la verdad, la caridad, la fortaleza y la sabiduría.


En el claustro de Huerta no se ha conservado la fuente ni el templete que con toda la seguridad existía. Estaría situado enfrente del refectorio (puerta que se ve enfrente), ya que los monjes antes de entrar en él se lavaban las manos y la cara.


En la fotografía podemos ver el rosetón de la portada de entrada al refectorio y la torre de las campanas que se alza sobre el brazo septentrional del transepto.


Galería interior del refectorio.


En esta galería, situada en el norte del claustro, se ubicaba el calefactorio, el refectorio, la cocina y el zaguán de la cilla, que se encontraba ya en la galería de conversos. A la derecha en primer término vemos varios sepulcros en el muro, uno abierto en arco de medio punto y otro en arco apuntado que rodea a uno trilobulado. Según la tradición en él se enterraron a don Nuño Sancho de Finojosa, hermano de san Martín; y a su esposa, doña Marquesa, aunque no se tiene ninguna seguridad al respecto.


Portada del refectorio.


El refectorio es una de las salas más destacada del monasterio. Se accede a través de una portada, que estaba situada enfrente del lavatorio (en Huerta no se conserva), y formada por tres arquivoltas apuntadas decoradas con dientes de sierra y baquetones, que apoyan en seis columnas con capiteles decorados con motivos vegetales. Sobre la portada, al igual que en la fachada principal de la iglesia, se abre un gran rosetón que solo se puede ver por el interior del refectorio o por el exterior, en el claustro; ya que asoma sobre el sobreclaustro.


El refectorio está dispuesto perpendicularmente al claustro de manera que gana en luz natural, pues esta orientación permite abrir vanos en los muros largos y en el testero.


Nave del Refectorio.


Es la estancia más conocida del monasterio. Es una sala en donde se sentaban los monjes en bancos corridos adosados a la pared, delante de grandes mesas de madera. Está muy bien iluminada, gracias a los ventanales que se abren en sus muros.


En el refectorio se alimentaba el cuerpo y el espíritu, la comida saciaba el hambre exterior, y la palabra el interior. Por ese motivo el refectorio era considerado un centro neurálgico del monasterio comparable a la iglesia. Los monjes acudían a él a una señal acústica, un versículo daba comienzo a la comida y otro marcaba el final. En la Regla podemos leer varias normas que el monje ha de seguir en el refectorio: "En la mesa de los hermanos no debe faltar la lectura. Pero no debe leer allí el que de buenas a primeras toma el libro, sino que el lector de toda la semana ha de comenzar su oficio el domingo...Guárdese sumo silencio, de modo que no se oiga en la mesa ni el susurro ni la voz de nadie, sino sólo la del lector. Sírvanse los hermanos unos a otros, de modo que los que comen y beben, tengan lo necesario y no les haga falta pedir nada; pero si necesitan algo, pídanlo llamando con un sonido más bien que con la voz. Y nadie se atreva allí a preguntar algo sobre la lectura o sobre cualquier otra cosa, para que no haya ocasión de hablar, a no ser que el superior quiera decir algo brevemente para edificación. El hermano lector de la semana tomará un poco de vino con agua antes de comenzar a leer, a causa de la santa Comunión, y para que no le resulte penoso soportar el ayuno. Luego tomará su alimento con los semaneros de cocina y los servidores. No lean ni canten todos los hermanos por orden, sino los que edifiquen a los oyentes..."


Refectorio.


Se comenzó a construir en 1215 a expensas del sobrino del abad Finojosa, don Martín Nuño de Finojosa, mayordomo de Enrique I de Castilla, quien donó 1500 mencales de oro, en conmemoración de la victoria en la batalla de las Navas de Tolosa. En la entrada se puede leer en una tablilla: "Don Martín de Finojosa, y sus hijos ricos homes, que murieron en servicio de Dios, y el Rey en una batalla contra Moros. Estos nobles Caballeros hicieron este Refectorio en este lienzo del claustro..."


Es una amplia nave de planta rectangular (de 34 metros de largo por 15 de alto), dividida en cuatro tramos cuadrados por cuatro arcos fajones, cubierta con bóvedas sexpartitas, apeadas directamente en ménsulas. Toda la sala tiene gran iluminación, gracias a los vanos apuntados que se abren en sus muros.


Este refectorio es considerado una pieza clave del gótico hispano. Con seguridad se realizó en dos fases: en la primera etapa se hizo la parte inferior hacia 1215, en donde se abrieron dieciséis ventanales, cubriéndose como en otros monasterios cistercienses con bóveda de medio cañón; y en la segunda, se hicieron las bóvedas sexpartitas, hacia 1223 o incluso más avanzado el siglo XIII, desconociéndose el autor de esta remodelación, tal vez de origen anglo-normando y relacionado con el que ejecutó la cabecera de la catedral de Sigüenza y las bóvedas de las naves laterales de la catedral de Cuenca.


Escalera de subida al púlpito.


En el muro oriental y considerablemente descentrada, se abrió una escalera embutida en la pared, cubierta con una bóveda de cañón en rampa, para dar acceso al púlpito, desde donde uno de los monjes leía mientras el resto comían. Las comidas se realizaban en silencio, roto solo por la lectura de la Biblia realizada por uno de los religiosos desde el púlpito, como ya hemos comentado. La vida de los monjes cistercienses se caracterizó por ser una vida de soledad y comunidad, siguiendo la Regla de san Benito, que les indicaba que su vida tenía que ser sobria y sencilla, pero sin ociosidad.


La escalera se abre a la nave del refectorio por medio de una arquería formada por diez arcos de los cuales son rampantes los que apoyan en los escalones. Todos apean en nueve columnas octogonales con capiteles de crochet.


Este sistema lo podemos encontrar en los refectorios de Saint-Martin-des-Champs (Francia), en Alcobaça (Portugal), en Poblet (Tarragona), y en el monasterio aragonés de Rueda.


Bóveda de cañón en rampa de la escalera de acceso al púlpito.


Púlpito.


No es el primitivo. Está formado por la tribuna sostenida por una columna con basa poligonal, de fuste liso y capitel en flor de lis abierta. El pretil está decorado con motivos florales, vegetales y tracería gótica.


Hastial del refectorio.


El frente de la nave se forma con dos alturas, la inferior en la que se abren cuatro ventanales apuntados; y la superior con dos vanos geminados y encima un óculo.


La sala se ilumina con dieciséis ventanales de perfil apuntado separados por pequeñas columnas situados a ambos lados de los muros laterales; destacan sobre todo los vanos del hastial del fondo, que se desarrolla en dos niveles, en el inferior cuatro ventanales sencillos de perfil apuntado y en el nivel superior dos ventanales de perfil apuntados que cobijan dos menores también de perfil apuntados sobre los que hay sendos óculos de seis lóbulos (hexalobulados).


Muro lateral del refectorio.


La sala está muy iluminada gracias a los dieciséis vanos apuntados con acusado derrame interno, separados por columnillas de fustes anillados y con capiteles decorados con motivos vegetales, que se abren a ambos lados de la nave. En el año 1510 el duque de Medinaceli encargó unas vidrieras a Flandes para cubrir los vanos del refectorio, según parece ser en una de las visitas del rey Felipe II, éste no las consideró adecuadas para el lugar y fueron sustituidas. Las actuales son de 1935.


Según la norma cisterciense, todas las ventanas debían de cerrarse con vidrios transparentes, como dictan los Instituta generalis capituli apud Cistercium (uno de los textos fundacionales de la Orden Cisterciense), sin cruces ni pinturas, ni motivos figurativos. Tenían que ser sobrias, en grisalla, algunas presentan motivos muy sobrios (vegetales o geométricos). Mediante estas restricciones decorativas se pretendía que la luz que atravesaba las vidrieras no desviara el pensamiento de los fieles ni del clero. Quizás las encargadas por el duque de Medinaceli eran demasiado coloridas para la sobriedad del conjunto monástico.


Bóvedas sexpartitas.


En la parte superior de la gran sala vemos columnas truncadas sobre repisas florales, que soportan los nervios de las interesantes bóvedas sexpartitas que cubren todo el recinto, sin necesidad de columnas que las sustenten. Los capiteles de las columnas truncadas están unidos por una moldura que recorre todo el recinto y sobre la que se apoyan los arcos formeros.


Este tipo de bóvedas, aparece en los comienzos del gótico en las naves centrales de los grandes templos para sustituir las bóvedas de cañón románicas.


Los cuatro tramos de la nave las bóvedas llevan claves, tres de ellas con decoración vegetal; y la cuarta, la que está en el púlpito, presenta una maiestas en mandorla.


Nave del refectorio.


Pies del refectorio, en donde vemos un rosetón similar al que hemos podido contemplar en la portada principal de la iglesia. A la derecha la ventana y la puerta que comunicaba con la cocina.


Pasaplatos del refectorio.


En el muro de separación del refectorio y la cocina se abre un pequeño vano rectangular por el cual pasaban la comida de la cocina al refectorio.


Portada de entrada a la cocina.


Es una entrada sencilla, sin decoración. La cocina de Huerta es el mejor ejemplar existente en Castilla-León. Al igual que el refectorio fue realizada en dos etapas, en la primera se construyó la parte baja, incluido el hogar; y en la segunda se hizo el abovedamiento.


Cocina.


La estancia es un espacio cuadrado, de nueve metros de lado por nueve de ancho, que se divide en ocho tramos separados por arcos fajones apuntados que se cubren con bóvedas de crucería simple. Los arcos y nervios apoyan en las columnas anilladas acodadas en los ángulos de la chimenea y en columnillas truncadas que están adosadas en los muros.

En la parte central se sitúa una gran chimenea, que asemeja un templete abierto con arcos apuntados. Esta gran cocina da idea de la cantidad de personas que vivían en el monasterio, más de cien, entre monjes y conversos.


El hogar tiene gran importancia en la Orden del Cister, ya que era el único lugar en el que la Regla permitía cocinar el "prandium" (comida) de los habitantes del cenobio, ya que estaba prohibido cocer alimentos fuera de la cocina del monasterio.


La estancia se ilumina a través de tres vanos abiertos en el muro norte, muy similares a los que hemos visto en el refectorio.


Chimenea de la cocina.


En el centro de la estancia encontramos el hogar de suelo, situado bajo la gran chimenea y delimitado por un cuerpo cuadrado, abierto por los lados norte, sur y oeste por arcos apuntados, mientras el oriental lo realiza con un hueco rectangular, en cuya parte superior se observa la campana con su correspondiente tiro.


Bóvedas de crucería de la cocina.


Un magnífico ejemplo de nervios de las bóvedas que se prolongan en forma de esbeltas columnas anilladas hasta el suelo. Ocho tramos de bóveda de crucería rodean a la monumental chimenea.


Sobre las bóvedas existe una segunda planta que no se observa desde la estancia. Es un edículo que rodea la chimenea, iluminado por aspilleras, quizás fuera un segundo calefactorio. Se accedía a ella a través de la parte alta, por la escalera que conducía al dormitorio de conversos.


Antiguo calefactorio y escalera de acceso al sobreclaustro.


En el ángulo que forman las galerías Este y Norte, encontramos lo que era el antiguo calefactorio, en donde se podían guarecer los monjes para realizar la Lectio o lectura diaria, los días que hacía mucho frío, ya que en esta estancia existía una chimenea que caldeaba la habitación, también era el lugar donde se engrasaban las sandalias y se tonsuraban. Aún existe el arranque del tiro de la misma en el muro norte.


El calefactorio desapareció en 1599 cuando fray Mateo de la Nava mandó construir la escalera real para acceder al claustro superior plateresco. Por ella subían los reyes y nobles protectores del cenobio, siendo recibidos en el claustro superior por la Comunidad.


Cúpula de la Escalera Real.


Se realizó en 1691, tal y como pone en la misma cúpula, figurando también las armas de España y el escudo utilizado por vez primera por la Congregación Cisterciense de Castilla: la doble banda de escaques del blasón de San Bernardo (escudo de su familia).


Galería exterior de Conversos.


En los monasterios cistercienses existían dos comunidades que aunque convivían en el mismo edificio estaban separadas. La de los monjes y la de los conversos. Los primeros ingresaban en el monasterio aportando una dote económica. Los segundos, eran los que no podían hacerlo. Eran los que tenían relación con el mundo exterior, mientras los primeros estaban confinados dentro del monasterio, ya que habían realizado los votos de la regla monástica. Las dos comunidades estaban separadas tanto en la vida diaria, comedor, salas; como en lo espiritual, ya que tanto en la iglesia como en el claustro, cada una de ellas tenía su lugar específico.


En 1965 el Cister les dio la oportunidad de integrarse en la Comunidad monástica, cosa que muchos de ellos realizaron.


Interior de la galería de conversos.


Las dependencias de los conversos se localizaban en la galería occidental del claustro gótico. En esta zona se distribuían el dormitorio, la cocina, la cilla y un pasillo paralelo a la galería del claustro por donde podían los conversos pasear sin encontrarse con los monjes y desembocaba en la puerta por la que entraban a la iglesia.


Pinturas conservadas en los plementos de las bóvedas del claustro gótico.


En la galería de conversos se conserva uno de los lienzos con los que estaban decorados los plementos de las bóvedas de crucería del interior del claustro. Eran escenas relacionadas con la Orden Cisterciense. En la que podemos ver a unos monjes recibiendo a unos caballeros tras un torneo. Es la única que se conserva de los treinta y cuatro óleos que se colocaron en el siglo XVII en el claustro, obra de Fray Lucas de Madrid.


Parlatorium del cillerero.


Estamos en una pequeña estancia, en la que al fondo vemos una puerta que da acceso al exterior. Es una sala dividida en dos tramos, en donde el cillerero repartía el trabajo diario a los conversos, a través de la puerta situada en el muro izquierdo se accedía al refectorio de conversos.


Refectorio de Conversos.


Tiene orientación este-oeste, y perpendicular al refectorio de los monjes, estamos ante una estancia magnífica. Era el lugar donde los hermanos legos, que aún no llegaban a la categoría de monjes, se reunían y comían. Junto a la cilla, con la que forma ángulo, son las estancias más antiguas del monasterio. Fue realizada entre los siglos XII-XIII.


Es una espaciosa sala de planta rectangular de treinta por nueve metros, formada por dos naves de seis tramos, separadas por cinco grandes columnas monocilíndricas que se asientan en altos basamentos, con recios capiteles decorados con motivos vegetales, en las que apoyan los nervios de las bóvedas de crucería que también se posan en grandes mensulones de rollos existentes en los muros laterales, tan típicos de la arquitectura cisterciense.


Capiteles del refectorio de conversos.


Los capiteles tienen forma prismática y tienen decoración muy sobria, con elementos románico-mudéjares, con bolas, piñas colgantes, hojas, rematados en ábacos ajedrezados, con flores y dientes de sierra.


Refectorio de Conversos.


En los muros se abren grandes vanos abocinados de medio punto. La decoración es sobria, la exigida por la Orden, los capiteles, canecillos, etc., están decorados con motivos geométricos o vegetales.


Bóvedas del refectorio.


Son bóvedas son de crucería con las claves sin decorar.


La Cilla.


Situada en la zona de trabajo, en la galería occidental. En ella se guardaban las provisiones del monasterio. En los monasterios cistercienses, como es este caso, la cilla no da directamente a la panda, sino que se interponía entre ambos el corredor de conversos.

Se trata de una estancia de planta rectangular, dividida en seis tramos por cinco arcos de medio punto apoyados directamente en los muros y que sustentan un alfarje mudéjar. Esta estancia se acortó en 1608 para hacer el paso entre los claustros herreriano y gótico.


Era un lugar muy protegido y cuidado por los hermanos conversos, al frente de la cual había un cillero, encargado de proveer al monasterio de todo lo que fuese necesario para vivir. Las provisiones provenían de las tierras propiedad del propio cenobio y que trabajaban los conversos, ayudados por empleados seglares que vivían alrededor del monasterio.


Actualmente en ella se proyecta un audiovisual sobre la historia del Cister y del monasterio.

En la parte alta se encontraba el dormitorio de conversos, del que solo restan los muros perimetrales con once vanos de medio punto abocinadas, en el lado norte y siete cegadas en el lado sur. Hoy se ubica la biblioteca.


Fotografía: Wikipedia.


Claustro de la Hospedería.


El claustro de la hospedería, o claustro herreriano, se construye cuando el monasterio ya está en uso, entre 1581 y 1630. Se dedicaba a la atención de los peregrinos que acudían al monasterio en busca de cobijo. Está formado por dos alturas, en la parte superior se ubican las dependencias de los monjes y en la parte baja se accede a la hospedería, con quince habitaciones.


Este claustro tiene planta cuadrada y en él se abren arquerías de medio punto separadas por pilastras toscanas. En él podemos encontrar escudos, el de Santa María de Huerta, el del Cister y el de Viaceli (Casa Madre de este monasterio). En los ángulos, se pueden ver las cruces de las Órdenes militares vinculadas al Cister: Calatrava, Montesa, Alcántara y Avis. Cada una de las naves está dedicada a un tema específico: la nave sur al monaquismo benedictino-cisterciense; la nave oeste a Cristo; la nave norte a la liturgia, y la nave este a la Virgen.


En el centro del jardín vemos dos grandes esculturas que representan a dos de los personajes más sobresalientes en la historia del monasterio: san Martín de Finojosa y Don Rodrigo Jiménez de Rada, sobrino del anterior, obras de F. Coullas Valera.


Hoy en día la visita al monasterio se realiza por este claustro. Fue iniciado en 1582 por fray Juan de la Cruz, terminándolo fray Froilán de Urosa en 1630, su estilo es el herreriano.


En 1858 sufrió un grave incendio, siendo reconstruido en 1945.