Pinturas del convento de las Benedictinas. Jaca (Huesca).

En el extremo oriental del casco histórico de Jaca, al final de la calle Mayor, adosado a los restos de la antigua muralla y próximo a la desaparecida Puerta de San Ginés, encontramos el real monasterio de Santa Cruz o de las Benedictinas (también conocido como “Las Benitas”), realizado a instancias de Felipe II. El conjunto hoy en día se encuentra muy reformado. A su lado se sitúa la iglesia, dedicada al Salvador y a San Ginés, ubicada en el mismo punto en donde se alzaba el antiguo palacio del rey Ramiro I, junto al que existía una pequeña iglesia románica conocida como Santa María Baxo Tierra, sobre la cual se construyó en el siglo XII otra iglesia dedicada a San Gil o Ginés, que es la que hoy podemos contemplar.


Esta pequeña cripta, dedicada a Santa María, tuvo gran importancia, ya que era el lugar donde, cada 6 de enero, el concejo de Jaca se reunía para jurar los nuevos cargos. Tanto sus muros laterales como su bóveda estaban decorados con pinturas datadas en el siglo XIII. En las que al lado de arcaísmos locales aragoneses se observa un intento de integrar el nuevo lenguaje del color y del dibujo góticos, del estilo franco gótico o gótico lineal.


En la fotografía podemos ver a la izquierda, la mencionada iglesia del Salvador y San Ginés; y a la derecha el convento nuevo de las “Benitas” o benedictinas.


En un primer momento la comunidad de las benedictinas se estableció en Santa Cruz de La Seros (santa cruz de la seros. Elviajedelalibelula.com), en el monasterio de Santa María. Este cenobio alcanzó su máximo esplendor con la llegada de las hijas del rey Ramiro I, sobre todo a partir de 1070 con la presencia de la condesa Doña Sancha, viuda del conde Armengoll II de Urgel; la cual ejerció de abadesa, siendo muy fructífero su mandato (su sepulcro se halla en la misma sala en la que se pueden ver las pinturas que hoy vamos a comentar).


En el año 1555 las monjas abandonaron Santa Cruz de La Seros, llegando a Jaca, donde se establecieron al final de la calle Mayor, como ya hemos comentado anteriormente. El conjunto monástico está formado por el nuevo convento y la iglesia, dividida en dos partes, una subterránea, la primitiva, que originariamente estaba decorada con pinturas románicas (que hoy podemos contemplar en el museo del nuevo monasterio); y la iglesia alta o de San Ginés, que fue cedida a las monjas por la cofradía de San Ginés en 1579. De esta construcción sólo queda la sencilla portada románica y el ábside, ya que la iglesia original fue reformada en el siglo XVIII.


En la fotografía podemos ver el antiguo ábside del siglo XII, aunque en su parte baja se puede observar el pequeño vano de la cripta del siglo XI. De la primera iglesia del siglo XI sólo se conserva la bóveda de medio cañón de la nave y las pinturas que cubrían sus muros. Éstas están muy deterioradas debido a un incendio que sufrió la cripta.

En un primer momento parte de las pinturas y el sepulcro de Doña Sancha se colocaron en la iglesia superior de san Ginés, y otras pinturas en un oratorio privado del convento; pero desde el año 2013 se conservan en una de las aulas del nuevo monasterio, rehabilitada como pequeño museo. Un año más tarde de su nueva ubicación fue declarado Bien de Interés Cultural por el Gobierno de Aragón. En la misma sala se puede ver el espléndido sarcófago de Doña Sancha (sepulcro de Doña Sancha, elviajedelalibelula.com), rodeado por ocho paneles que contienen las antiguas pinturas de la cripta, que, el historiador y arquitecto, José Gudiol trasladó a lienzo.


En las pinturas, datadas a comienzos del siglo XIII dentro de un estilo gótico lineal, se narran episodios del Nuevo Testamento. Son de gran tamaño, y en ellas podemos ver escenas de la Anunciación, la Visitación, el Nacimiento, la Epifanía y la Presentación en el Templo. Otras de menor tamaño representan a Cristo en su Ascensión, apóstoles y ángeles (éstas últimas, quizás se ubicaran en lo alto de la bóveda de la cripta).

Panel en donde podemos ver la Anunciación y la Visitación. Las figuras, con colores planos, están recortadas por líneas sobre un fondo monocromo. Es decir, hay un claro predominio de la línea sobre el color. Se utilizan los colores primarios (azul, ocre y rojo).

En la Anunciación vemos las esbeltas figuras del arcángel y María bajo arquerías que apoyan en columnas con capiteles corintios. El ángel levanta su mano derecha hacia María comunicándole la Buena Nueva. Mientras, la Virgen, con un ademán tímido baja su mirada y se lleva la mano derecha hacia su pecho. Hay un cierto hieratismo, pero ya se atisba un incipiente naturalismo.


En la escena de la Visitación, María e Isabel con nimbos de santidad y bajo un arco de medio punto, se abrazan con rostros serios. La línea ha recobrado su valor ornamental. Los colores son planos.

En casi todos las escenas se puede ver al fondo una ciudad amurallada. Es un claro intento de dar perspectiva y representar la historia con un punto de vista naturalista y narrativo. Es una imagen de una ciudad medieval, con sus torres almenadas.


Anunciación a los pastores. En la que se ha perdido parte de la pintura, sobre todo en la parte inferior. En el centro se perfila la Virgen María, de la que se vislumbra parte de la cabeza, cubierta con una toca blanca y el nimbo de santidad.

Detalle del ángel anunciando a uno de los pastores el nacimiento de Jesús. Escena situada en la parte superior. El pastor viste una capa de tres cuartos con capucha, vestimenta típica de la Edad Media.

Dos pastores, uno de ellos tocando la flauta dulce, escuchan el mensaje del ángel. Al fondo se representan arquitecturas que sirven para dar profundidad a la escena.

Detalle del pastor tocando la flauta dulce, a la que sujeta con las dos manos. Este instrumento también se denomina flauta de pico, su origen es oriental. Es un tubo recto con orificios que se van tapando con los dedos para sacarle el sonido.

Parte central del Anuncio a los pastores. Es la parte más deteriorada, la Virgen casi no se aprecia, se vislumbra su cabeza con una toca blanca y nimbo de santidad.

San José, se sitúa en la parte izquierda de la escena del Anuncio a los pastores, su gesto es de cansancio, llevándose la mano izquierda hacia el rostro, en la parte inferior aparece el Niño totalmente fajado, como era costumbre hacer en los recién nacidos. Tras él, se vislumbran las siluetas del buey y la mula.

Adoración de los Reyes Magos. La escena se desarrolla bajo arcos de medio punto. En un primer plano aparece uno de los reyes ofreciendo su presente a la Virgen, que sostiene al Niño de pie sobre su regazo. Ambos llevan nimbos de santidad, al igual que San José situado a la derecha, que está representado dando la espalda a la escena (el tema de San José en el arte es digno de estudiar). A la izquierda, en la parte superior, aparecen los otros dos reyes, conversando entre ellos, uno barbado y el otro señalando con su mano hacia lo alto, quizás a la estrella que les condujo hasta Belén. Al fondo, a la derecha, una serie de arquitecturas.


Detalle de la escena principal, en la que podemos observar el hieratismo existente en las figuras. El rey que se arrodilla ante Jesús nacido eleva su mano izquierda a su cabeza con intención de quitarse la corona, como señal de respeto, es el único gesto que denota cierto naturalismo.

Representación de una serie de arquitecturas que dan más la impresión de tratarse de una ciudad medieval.


En los rostros de la Virgen y el Niño, con grandes ojos almendrados, aún observamos el hieratismo propio del románico. No hay relación entre madre e hijo, no reflejan ningún sentimiento.

Presentación en el templo. A la izquierda un ángel con sus alas desplegadas flanquea a San José que porta en sus manos las jaulas con los pichones o tórtolas que habían de sacrificar en el templo. La Virgen sostiene al Niño y lo presenta al justo Simeón y a Ana, la profetisa, hija de Famuel, de la tribu de Aser, que vivía en el templo. (Lucas 2, 22-40).

La Virgen entregando al Niño a Simeón, representado bajo las arquerías del templo.

Ángel de la escena de la Presentación.

En estos tres paneles siguientes se representa a los apóstoles contemplando la Ascensión de Cristo a los cielos. Parte izquierda.

Apostolado, parte derecha.

Cristo en su Ascensión. En el lateral derecho el alfa y la omega: “Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin”. Jesús levanta su mano derecha en actitud de bendecir. Sus dedos anular y meñique están doblados hacia el pulgar, que junto al índice y medio los tiene extendidos, es el símbolo de la dualidad de Cristo, Dios y hombre.

El Cristo está vestido con túnica ocre cubierta por una capa roja. Es un hombre joven, barbado y con larga melena, que mira directamente al espectador, con grandes ojos almendrados. Está rodeado por una serie de dibujos que figuran el movimiento ascensional de Jesús.

Dos ángeles nimbados, con grandes alas desplegadas.



Espero que os haya gustado este pequeño estudio sobre las pinturas tardorrománicas de “Las Benitas”. Un lugar que recomiendo, ya no solo por estas obras, sino también por el magnífico sepulcro de Doña Sancha, ya comentado en otro artículo anterior.

Hasta un próximo vuelo.

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