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CLARITA. Microrrelato.

 

Sentí un escalofrío a pesar de estar en el mes de agosto. El salón estaba helado o quizás esa sensación de frío intenso se debiera a mi estado de ánimo. Las grandes cristaleras que daban al jardín no ayudaban a que me sintiera arropada, y en esos momentos necesitaba algo de calor para poder asimilar la terrible noticia.

 

Cuando Miguel me dijo que Clarita se moría, no pude articular palabra. Llevaba varios meses que no se encontraba bien. Sus grandes ojos habían perdido la alegría; y, aunque no parecía sentir dolor alguno, se le notaba distinta, triste y huidiza. No era la misma, aunque hacía verdaderos esfuerzos para agradar. Estoy convencida que ella sabía que algo malo le sucedía, de ahí ese ligero cambio que, finalmente, yo había notado. Pero ya era demasiado tarde y ahora me sentía totalmente derrotada por no haberme dado cuenta.

 

En el momento en que supe que tenía un tumor inoperable, no derramé ni una sola lágrima, quedé como noqueada, no podía asimilarlo así tan de repente. Las malditas pastillas le habían producido un cáncer que se había extendido y no había nada que hacer.

 

Salimos de la clínica las dos, una al lado de la otra, en silencio y con paso tranquilo nos encaminamos hasta el coche que había aparcado en la acera de enfrente. Nos acomodamos en su interior y pulsé como una autómata la tecla de la radio. Necesitaba evadirme y no pensar, ya lo haría más tarde. Eric Clapton estaba cantando lágrimas en el cielo, las mismas que comenzaron a salir de mis ojos como si se tratara de las cataratas del Niágara. No quería que Clarita se diera cuenta de mi tristeza, pero no podía remediarlo. Menos mal que ella estaba en el asiento posterior, sería muy difícil explicarle el por qué de ese río incontrolable. Poco a poco me fui tranquilizando, diciéndole lo bien que lo íbamos a pasar cuando llegáramos a casa. Arranque el coche y me dirigí hacia la urbanización en la que vivíamos, con una tristeza tan grande que hasta el automóvil notaba la pena que sentía en mi interior, haciendo una serie de sonidos que asemejaban sollozos.

 

Aparqué en el garaje y nos dirigimos al salón, habitación llena de recuerdos de todos los que ya se habían ido. -Ahora le tocaba a Clarita-, pensé. Poco a poco se iba reduciendo mi entorno. La semana anterior había fallecido Pilar. Así, sin pensar. Tenía dos años más que yo, sesenta y cinco. Aún era joven. El viernes habíamos quedado a tomar café y nadie podía preludiar ese temprano final. -Pobre Pilar, con los sueños  y las ganas de vivir que tenía-.

 

Fui a la cocina y me puse un vino, lo necesitaba. El líquido rojo fue liberando mi garganta del fuerte nudo que la había aprisionado desde el momento en que conocí la noticia. Poco a poco mi interior se fue calentando del frío intenso que aún sentía. Volví al salón, dando vueltas y más vueltas al asunto de la vida y de la muerte, y me senté en el sillón al lado de la mesa auxiliar, donde dejé la copa de vino aún medio llena. Clarita estaba en el butacón rosa que le había regalado el día de su cumpleaños, jugueteando con las lanas multicolores que le había entretejido para que se entretuviera. Era como una niña pequeña, siempre alegre, mirándome con sus ojos color avellana; esperando una palabra, un gesto de cariño que le hicieran estremecerse.

 

 Yo, en cambio, arrastraba mi tristeza y pesimismo por toda la casa. Una casona demasiado grande para una persona con tal vacío interior que parecía imposible que algo o alguien lo llenara. Cuando ella llegó, su presencia colmó todo mi mundo de luz y felicidad, convirtiendo nuestra morada en un verdadero hogar, en el que compartíamos alegrías y tristezas, y sobre todo camaradería. Ahora solo veía un profundo abismo.

 

Empecé a ponerme más nerviosa, no podía evitar los pensamientos negativos que llenaban mi mente. Un sudor frío resbalaba por mi espalda empapándome la camisa blanca que empezaba a arrugarse. Extendí la mano para coger la copa de vino y se me escurrió, haciéndose añicos contra el suelo, como mi vida en esos momentos. Comencé a llorar sin poder controlarme, con una angustia desconocida para mí.  Me levanté como una autómata y fui a la cocina a buscar un paño para recoger los restos de mi nerviosismo. Después me volví a sentar cerca de Clarita que empezaba a adomecerse. Recordé el consejo de mi médico: -cuando tengas episodios de ansiedad mira hacia un punto en concreto y realiza lentamente ejercicios respiratorios-. Así lo hice, fijé mi mirada en la pared de enfrente, llena de acuarelas que me había regalado Carmina a lo largo de los años. El tener una amiga pseudopintora tenía ese peligro. Cada año se presentaba en mi cumpleaños con la aguada que había hecho en la clase de pintura a la que se había apuntado. Comencé a inspirar y espirar acompasadamente, poco a poco me fui tranquilizando hasta que recobré una relativa normalidad.

 

Seguí por un rato mirando los alegres paisajes que Carmina había copiado de fotografías sacadas por internet. Eran vistas llenas de luz y de vida que me proporcionaron un momento de desahogo en ese instante lleno de tristeza y desesperación. –Carmina sentirá mucho lo de Clarita, la quiere tanto-, pensé.

 

De soslayo miré a Clarita, que seguía durmiendo en la gran rosa que era su entorno. Había adelgazado y su hermoso pelo ya no brillaba como antes. – ¿Cómo no me di cuenta de esos detalles? Quizás si lo hubiera hecho, ahora tendría remedio- No podía evitar el reflexionar sobre ello, los pensamientos eran como clavos que se incrustaban en mi cabeza. Me iba a estallar.

 

Como un resorte me levanté de golpe. -No podía seguir así. Miguel me dijo que me llamaría por la tarde, cuando terminara la consulta, para comentar los pasos a seguir. Bueno, pues hasta ese momento tenía que disfrutar de todos los minutos, de todos los segundos que nos quedaran-. Clarita levantó la cabeza mirándome fijamente. Ella también lo sabía.

 

-Clarita, vamos a dar una vuelta por el jardín-, le dije con toda la ternura de la que fui capaz, -Veremos las flores que tanto te gustan y podrás espantar a las palomas que picotean por el césped-.

 

Me dirigí hacia las grandes y gélidas cristaleras por las que se divisaba el  florido jardín. Abrí una de las puertas. Clarita bajó pesadamente del gran cojín y moviendo la cola se colocó junto a mí. Salimos una al lado de la otra a la luz de nuestro Jardín Encantado.

 

Dedicado a mi muy querida y siempre recordada Rosky.

 

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