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La sonrisa de Pedro. Microrrelato.

 

Salió de su casa e inconscientemente miró su reluciente Apple Watch. Desde el día en que le regalaron “el cacharro ese que no sé para qué sirve”, no podía vivir sin él. Era su preparador personal, su médico, su Roberto Brasero y su memoria; mil en uno. Vio que eran casi las once.

 

-Santo Dios, las once, ya llego tarde.

 

Su obsesión con la puntualidad era exagerada, odiaba esperar o que la esperaran. Casi corriendo subió por la calle León XIII y llegó hasta el Corte Inglés, cruzando como siempre por donde no debía, metiéndose entre los taxis que estaban aparcados junto a la acera. Uno de los taxistas que hacían guardia en la parada lateral de los Grandes Almacenes la miró con desaprobación, pero no tenía tiempo ni para intercambiar miradas. Notó que el Watch vibraba, indicándole  que había logrado pasar el anillo de movimiento: Has alcanzado tu objetivo ¡Bien Pilar Romero!

 

Era una tontería, pero que el reloj le diera la enhorabuena por los logros en su actividad diaria le producía una especie de satisfacción difícil de entender.

 

-¡Lo que puede lograr el marketing! De todas formas, no me extraña que haya logrado pasar un anillo, con la velocidad que llevo hoy seguro que paso los tres y llego a las 540 calorías- - pensó.

 

Siguió su marcha, aumentando la velocidad. Iba a cuarenta por hora, volvió a mirar el reloj, faltaban diez minutos, menos mal que estaba cerca. Un sofoco subió por todo su cuerpo, le estaba empezando a dar el flato, pero no podía bajar el ritmo, iba a llegar tarde. Su cara reflejaba el esfuerzo, le empezó a doler la nuca -¡maldita tortícolis!- Llevaba una semana con unos dolores que le estaban matando. Solo le faltaba este stress. Después de comer llamaría a la consulta del doctor López del Moral; seguro que hasta dentro de un mes, como muy pronto, no le daría cita, y ella necesitaba un arreglo ¡ya! Unas cuantas sesiones con un fisio y quedaría como nueva. El estar todo el día delante del ordenador no era nada bueno, pero el trabajo era el trabajo, y eran gajes del oficio.

 

 Ya veía la Calle La Gasca, su punto de encuentro con Inés; hacía tiempo que no se veían, de vez en cuando quedaba con ella para no perder el contacto. Las buenas amigas no son frecuentes y con Inés existían lazos demasiado profundos como para perderlos. Se había puesto el vistoso pañuelo que le había regalado para su cumpleaños para que viera que le hacía aprecio. Inés siempre era tan cuidadosa en los detalles, -no se le pasaba ninguna fecha señalada-, en cambio ella era un verdadero desastre.

 

De repente oyó una voz que le hablaba con un tono lleno de afecto

 

– ¿Pero moceta a dónde vas tan deprisa? que el reloj va más despacio que tú, y vayas dónde vayas, llegarás tarde o temprano-

 

Se paró en seco, y volviéndose vio, sentado en el suelo y apoyado en uno de los pilares de los porches de la esquina del Paseo Sagasta con León XIII, a un viejo con una amplia sonrisa. Era un hombre de la calle, oscuro por la ausencia de una buena jabonada, pero su sonrisa iluminaba toda la acera. Esa sonrisa le hizo olvidar el tiempo y el lugar.

 

-Hola -balbuceo confusa, -es que tengo prisa, que llego tarde.

 

-Nunca se llega tarde; yo lo sé muy bien. En la vida tienes tiempo para todo, hasta para morirte-. El hombre, que en realidad no era tan mayor como en un principio había pensado, seguía sonriendo. De su boca salían las palabras como si fueran vilanos, que flotando suavemente la fueron envolviendo.

 

-¿Cómo te llamas?-, le preguntó el mendigo-

 

-Me llamo Pilar, y ¿tú?-

 

-yo, me llamo Pedro- -y, no sé si sabrás que tengo las llaves del cielo, o sea que fíjate si soy importante-

 

 Pilar se echó a reír, ya no se acordaba de Inés, del Watch, de su tortícolis, ni de su obsesión por llegar tarde. Estaba con Pedro, el jefe del cielo, y su sonrisa.

 

Fijó su mirada en él, todo a su alrededor había desaparecido. Era un hombre pequeño, con un aspecto algo cómico si no fuera por su situación. Sobre la cabeza llevaba un extraño sombrero que le daba un aire de marinero sin mar, de un color pardusco, aunque en su origen debió de ser de un blanco inmaculado; debajo del cual salían disparados unos cabellos demasiado mugrientos como para saber el color que antaño podían haber tenido; sus manos se cubrían con roídos mitones que hablaban, sin pronunciar palabra, de la vida aciaga que habían vivido en compañía de su actual propietario. Iba vestido con numerosas capas de jerséis, chaquetas, que le daban un aspecto de hombre armario. Por el cuello de uno de los suéteres, por lo menos sobresalían tres cuellos de camisas de diferentes colores. Pero sobre todo vio unos ojos pequeños, de un azul impactante, de los que salían alegres chiribitas. Tenía en su mano una cajita de cartón con pequeñas monedas, que de vez en cuando movía y sonaban como campanillas.

 

Pilar notó que algo mágico había sucedido. Tímidamente alargó su mano tendiéndosela con ternura. Pedro se quitó los raídos guantes y se la estrechó. Era una mano rugosa, áspera, de un hombre que había lidiado con la vida. En ese apretón de manos se lo dijeron todo.

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