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LA CIGÜEÑA PATAS LARGAS

La cigüeña Patas Largas vivía en lo alto de la torre de la iglesia, en el nido que su padre Pico Largo y su madre Cuello Esbelto, con paciencia y mucho amor, habían construido varios años atrás. Era un verdadero hogar, residía junto con sus padres y sus tres hermanos pequeños en la parte norte de la alta torre; mientras el lado sur lo habitaba la familia Clasclas, con la que mantenían una buena relación de vecindad.

 

Patas Largas tenía casi dos meses de edad, le faltaba poco para dejar el nido y comenzar por sí misma la aventura de la vida. Todas las noches Pico Largo les contaba historias de la familia, del pueblo, relatos que Patas Largas escuchaba llena de emoción y expectación. Les decía que, en otros tiempos, sus abuelos emigraban en otoño a un lugar llamado Sáhara, en donde encontraban el clima y el alimento adecuado para poder sobrevivir durante todo el invierno. Que antes de que llegara la primavera retornaban nuevamente al pueblo, a su nido de verano, y así año tras año. También les explicaba por qué ellos ya no realizaban ese largo y, para ella, emocionante viaje; y por qué, definitivamente, se habían quedado a vivir en el lugar en el que pasaban los calurosos estíos.

 

A ella le gustaba oír esas viejas historias, llenas de hazañas y peripecias; levantaba su bigardo cuello y miraba fijamente a Pico Largo, sin perder detalle de los increíbles acontecimientos que les narraba. Cuando caía la noche, Patas Largas se acurrucaba en un rincón del nido mirando hacia el cielo oscuro, buscando a su amiga secreta Luna. Le gustaba hablar con ella, contarle sus deseos y las historias que su padre les había explicado. También le confiaba sus ansias de aventura, sus ganas de lograr que sus sueños se hicieran realidad.

 

Una noche, cuando todos dormían, remontó el vuelo posándose en un edificio próximo al nido; y elevando su largo cuello hacia el cielo llamó a su amiga Luna, crotorreando fuerte para que ella la oyera. Pronto apareció Luna, y un beso fue la despedida.

 

Patas Largas voló, voló, alcanzando la línea que separaba la tierra del cielo azul, donde ella creía se encontraba el lugar del que sus padres tanto le hablaban, su sueño comenzaba a ser realidad. 

 

“Los sueños se pueden hacer realidad, si lo deseas lo bastante fuerte”.

 

(Cuento dedicado a Florencio, autor de la maravillosa fotografía que he compartido y que me ha inspirado este pequeño relato, espero que os guste).

 

 

 

Fotografía: "Cigüeña en la Casa de la Luna", Pastriz.

 

Florencio Ferrández Sancho.

 

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