ATARDECERES EN EL JARDÍN ENCANTADO

En alguna ocasión se preguntaba, ¿Cómo siendo tan urbanita se había venido a vivir al campo? La verdad era que, en alguna ocasión, echaba de menos el sonido de la ciudad, el ir y venir, la individualización de la “capital”, incluso el “Quitinglis” y sus promociones. Si, a menudo añoraba ese ritmo algo acelerado; pero la decisión estaba tomada, y sabía que había sido una acertada resolución.

 

Era calidad de vida, y su vida ya no era la de los 20, ni la de los 30, ni la de los 40, ni la de los 50 años. “La vida pasa en un suspiro y no te das cuenta”, pensaba, con el trascurso de los años las prioridades también cambian y no son las mismas que en la juventud. Como decía Lewis Carroll “No puedo volver al ayer, porque ya soy una persona diferente”; y realmente lo era, a veces no se reconocía ni cuando se miraba en el espejo.


Su esperanza era que la metamorfosis que había sufrido, tanto física como mentalmente, hubiera sido positiva; como suelen decir las abuelas: "para bien".

¿Qué, por qué se había venido a vivir al campo? Por ejemplo, por esos preciosos atardeceres que muchas tardes podía contemplar en su Jardín Encantado, difícilmente se podían observar entre edificios de hormigón y de cemento. Realmente era calidad de vida.

 

Distintos atardeceres captados desde el mismo punto del jardín encantado. ¡¡¡Qué maravilla!!! El color de mi cielo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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